Hrabal en Kersko: gatos, culpa y humor en un monólogo poético sobre la conciencia y la obsesión
En principio, Autíčko era “un Renault 5, un pequeño coche con los asientos de color pelirrojo, y mi mujer y yo llamábamos al vehículo Autíčko, cochecito” (pág. 58, cap. 6). Por ello, cuando nace una gatita de pelo rojo, la bautizan así. Hrabal no solo pone nombre a los gatos –que nunca llegan a ser suyos, pues él solo los alimenta y cobija cuando visita la casa– sino que además los dota de sentimientos y pensamientos: “todos estaban allí, plantados, alegres y riendo, porque yo venía a verlos” (pág. 25, cap. 2). Incluso les atribuye cualidades curativas: “colocármelos en la frente como si cada uno de ellos fuera un trapo mojado con el que me curaba la migraña” (cap. 1, pág. 5); “necesitaba cogerlos y ponérmelos en la frente para que apartaran de mí el miedo y la melancolía…” (pág. 24, cap. 2). Los sentimientos hacen que durante el relato sufra del estómago, del hígado, de migraña, de los oídos, se le hincha la glándula tiroides.
Vive obsesionado entre su amor por los gatos y los problemas que le acarrean: se reproducen sin parar, hacen caca en la casa, comen aves silvestres, cazan conejos (un conejo muere de horror en presencia de los gatos); le ocasionan conflictos con los vecinos y le obligan a cambiar sus costumbres (cap. 2). No le permiten escribir en su retiro de Kersko porque tiene que ocuparse de ellos, pero tampoco puede hacerlo en Praga pensando en cómo estarán: “En Praga me inquietaba, pensando qué se había hecho de mis gatos... Y cuando llegaba a Kersko, me enfadaba diciéndome que más habría valido haberme quedado en Praga...” (pág. 26, cap. 2). Siente remordimientos por dejarlos solos y también culpa por matarlos, por lo que miente a su mujer y le dice que el veterinario se ha encargado de ellos.
los gatitos me hicieron pensar en las fosas comunes de los nazis...
Al leer Cien años de fotos de guerra se ve como el turco que “cortó las cabezas de nuestros adversarios armenios”, tal es su sufrimiento. “Es que no se puede matar a nadie impunemente; ni siquiera a una gata.” Aunque la muerte está presente durante el texto, el asesinato y las guerras son para el autor éticamente reprobables.
Me sorprende que crea en videntes, en echadoras de cartas y en el destino, creencias que desmitifica con su ironía característica. Cuando la profetisa Mařenka le predice “que me colgaría en el sauce llorón cerca del arroyo...” (pág. 27, cap. 2), Hrabal hace que corten sus ramas, “pero la primavera siguiente (...) crecieron unas ramas tan fuertes que en ellas se podrían colgar diez personas” (pág. 27). O cuando el “ex cura convertido en parapsicólogo milagroso, un tal señor František Ferda” (pág. 83) le dice que debe dejar de vestir de marrón, él se pregunta cómo ha podido ver el contenido de sus armarios.
Los gatos y sus ojos se convierten en su conciencia. Incluso el gato blanco y negro, Renda, se le aparece en sueños y le amenaza, en la pág. 55;
(...) no se puede matar a un gato y menos todavía a una persona (...) y quien la hace la paga, sí, seguro que lo acabará pagando...
Sin embargo, logra redimirse de la muerte y de la amenaza mediante un accidente con la furgoneta del señor Máchal, quien había comprado la casa de Nymburk, el “submarino”, que perteneció a su maestro Marysko (surrealista y neopoetista, como el autor), con lo que Hrabal cree que cierra el círculo, y que equilibra la balanza entre los gatos y su conciencia y le permite descansar.
¿Qué haré con tantos gatos?
Bohumil Hrabal
Serie Narrativa nº 156
Galaxia Gutenberg, S.L.
Barcelona, 2016
106 págs.
ISBN 9788416734092
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