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Mi gato Autíčko: culpa, obsesión y lucidez en Hrabal

Hrabal en Kersko: gatos, culpa y humor en un monólogo poético sobre la conciencia y la obsesión


Hace más de veinte años que sigo la obra del checo Bohumil Hrabal, en mi opinión uno de los autores europeos más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Muchas de sus novelas y relatos están inspirados en su vida y en las profesiones que ejerció antes de consagrarse como escritor: ferroviario durante la guerra o empaquetador de papel usado. Mi gato Autíčko, narra los días que pasó a partir de 1965 en su casa de campo de Kersko, a 41 km de Praga, donde iba con su mujer y, tras la muerte de ésta, él solo, para escribir y desconectar de la ciudad. Allí cuidó a distintos gatos a lo largo de los años.

Hrabal cuenta esta etapa con su estilo habitual: en primera persona, oral, obsesivo, repetitivo y poético; un largo monólogo en el que mezcla recuerdos y sentimientos, a cuyo texto vuelven como mantras imágenes, estructuras y frases enteras. Un río de palabras dividido en nueve capítulos (a diferencia de Clases de baile para mayores, experimento en una sola frase), en el que afloran las emociones de un hombre hipersensible, los reproches y la culpa que siente por el trato que da a los gatos.

 

Las repeticiones dan ritmo al texto, funcionan como estribillos. Una frase que repite su mujer casi en cada capítulo, “la letanía y la oración que disparaba contra mí”, es: “¿Qué haremos con todos estos gatos?” y va subiendo de tono hasta que ella acaba llorando sin palabras. O los conocidos que le repiten la suerte que tiene de vivir en Kersko y poder escribir allí. También vuelven imágenes como el sauce al lado del arroyo, en el que le han predicho que acabará colgándose, o las cabecitas de los gatos asomando por la valla de palos blancos del jardín, “la valla de cincuenta metros donde mi mujer había pintado los barrotes de blanco.” (pág. 85, cap. 7).

 

Utiliza también hipérboles originales: “carretadas enteras” de “pájaros asesinados” (pág. 88) o [sobre Pollock] “beberse una cisterna de whisky y (...) fumar tantos cigarrillos Pall Mall que, si los colocara uno detrás de otro, podría cubrir toda la circunferencia de la Tierra” (pág. 103), o la culpa que “crecía hasta convertirse en la cueva de Alí Babá, llena por siempre jamás.” (pág. 79). Por no mencionar “los puñados de sudor” del señor Polàch, la “hecatombe de pajaritos cantores” o la voz de Hrabal resonando como truenos, y sus ojos que lanzaban relámpagos.

 

Son constantes las referencias a la muerte, como las que hace a través de pintores como Goya y los Desastres de la Guerra o Chagall y sus vacas, o su predilecto, Jackson Pollock, que murió en un accidente automovilístico (paralelismo con su accidente); o a través de temas de actualidad, como la matanza de My Lai y las masacres del Líbano; Milada Horáková, la mujer ejecutada en los cincuenta por sus ideas; la literatura, con “Crimen y castigo”, o el cine, “La dolce vita, del señor Fellini”, donde un padre mata a sus hijos. La referencia a los Preludios de Liszt es más sutil, pero remite a la propaganda nazi y la operación “Barbarroja”.

 

En principio, Autíčko era “un Renault 5, un pequeño coche con los asientos de color pelirrojo, y mi mujer y yo llamábamos al vehículo Autíčko, cochecito” (pág. 58, cap. 6). Por ello, cuando nace una gatita de pelo rojo, la bautizan así. Hrabal no solo pone nombre a los gatos –que nunca llegan a ser suyos, pues él solo los alimenta y cobija cuando visita la casa– sino que además los dota de sentimientos y pensamientos: “todos estaban allí, plantados, alegres y riendo, porque yo venía a verlos” (pág. 25, cap. 2). Incluso les atribuye cualidades curativas: “colocármelos en la frente como si cada uno de ellos fuera un trapo mojado con el que me curaba la migraña” (cap. 1, pág. 5); “necesitaba cogerlos y ponérmelos en la frente para que apartaran de mí el miedo y la melancolía…” (pág. 24, cap. 2). Los sentimientos hacen que durante el relato sufra del estómago, del hígado, de migraña, de los oídos, se le hincha la glándula tiroides.

 

Vive obsesionado entre su amor por los gatos y los problemas que le acarrean: se reproducen sin parar, hacen caca en la casa, comen aves silvestres, cazan conejos (un conejo muere de horror en presencia de los gatos); le ocasionan conflictos con los vecinos y le obligan a cambiar sus costumbres (cap. 2). No le permiten escribir en su retiro de Kersko porque tiene que ocuparse de ellos, pero tampoco puede hacerlo en Praga pensando en cómo estarán: “En Praga me inquietaba, pensando qué se había hecho de mis gatos... Y cuando llegaba a Kersko, me enfadaba diciéndome que más habría valido haberme quedado en Praga...” (pág. 26, cap. 2). Siente remordimientos por dejarlos solos y también culpa por matarlos, por lo que miente a su mujer y le dice que el veterinario se ha encargado de ellos.

 

Un tema importante en el relato es la identificación con el otro, pero lo curioso es que no solo se identifica con la víctima –como los gatos que mata–, sino que también se reconoce en el victimario. Cuando adorna la fosa donde ha enterrado los cuerpos con “seis ramitas de geranio en flor de las ventanas de casa” (pág. 35, cap. 3), confiesa: 

los gatitos me hicieron pensar en las fosas comunes de los nazis... 

Al leer Cien años de fotos de guerra se ve como el turco que “cortó las cabezas de nuestros adversarios armenios”, tal es su sufrimiento. “Es que no se puede matar a nadie impunemente; ni siquiera a una gata.” Aunque la muerte está presente durante el texto, el asesinato y las guerras son para el autor éticamente reprobables.

 

Me sorprende que crea en videntes, en echadoras de cartas y en el destino, creencias que desmitifica con su ironía característica. Cuando la profetisa Mařenka le predice “que me colgaría en el sauce llorón cerca del arroyo...” (pág. 27, cap. 2), Hrabal hace que corten sus ramas, “pero la primavera siguiente (...) crecieron unas ramas tan fuertes que en ellas se podrían colgar diez personas” (pág. 27). O cuando el “ex cura convertido en parapsicólogo milagroso, un tal señor František Ferda” (pág. 83) le dice que debe dejar de vestir de marrón, él se pregunta cómo ha podido ver el contenido de sus armarios.

 

Los gatos y sus ojos se convierten en su conciencia. Incluso el gato blanco y negro, Renda, se le aparece en sueños y le amenaza, en la pág. 55; 

(...) no se puede matar a un gato y menos todavía a una persona (...) y quien la hace la paga, sí, seguro que lo acabará pagando...

Sin embargo, logra redimirse de la muerte y de la amenaza mediante un accidente con la furgoneta del señor Máchal, quien había comprado la casa de Nymburk, el “submarino”, que perteneció a su maestro Marysko (surrealista y neopoetista, como el autor), con lo que Hrabal cree que cierra el círculo, y que equilibra la balanza entre los gatos y su conciencia y le permite descansar.

 

Recomiendo leer a Hrabal porque es delicioso dejarse llevar por sus relatos: habla como los borrachos, como los viejos, como los niños, sin freno; divaga. Cuenta la verdad, la mezcla con recuerdos, la transforma, la exagera, la distorsiona, la impregna de sus sentimientos. Escatológico, transgresor, poeta, irónico, tierno, crítico, humorístico: una deliciosa mezcla que no aburre ni cansa. Yo, por lo menos, me quedaría embelesado escuchando sus nuevas historias. Como colofón de este relato, se pregunta con humor: 
¿Qué haré con tantos gatos?

Mi gato AutíckoMi gato Autíčko

Bohumil Hrabal

Serie Narrativa nº 156

Galaxia Gutenberg, S.L.

Barcelona, 2016

106 págs.

ISBN 9788416734092



Mi gato Autícko by Bohumil Hrabal
My rating: 3 of 5 stars

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Comentarios

Leoncio ha dicho que…
No he leído Mi gato Autíčko, pero estoy de acuerdo, leer a Hrabal es una delicia. Gracias por la estupenda reseña!!!
Anónimo ha dicho que…
Pues no he leído nada de él pero suena interesante. Gracias.
Enrique Hernando ha dicho que…
Muchas gracias por tu comentario, Anónimo. Ya nos contarás si te animas a leerlo. Un saludo
Enrique Hernando ha dicho que…
Muchas gracias a ti, Leoncio, por leer y comentar. Te animo a leerlo, y ya nos contarás tus impresiones. Un abrazo

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