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DLUOW UOY EVELIEB - WOULD YOU BELIEVE

¿Me creería si le dijera que el otro día estuve comiendo cerca del monte Olimpo? Yo, ignorante, había pensado siempre que era una de las montañas que rodeaba Atenas, pero está en Tesalónica, una ciudad en el norte de Grecia. El restaurante estaba en plena bahía: un local de madera de aspecto marinero y grandes ventanales desde los que se veía el mar. Me habían reservado el mejor sitio, frente a los ventanales, para disfrutar de la vista, todo el tiempo maldiciendo al que inventó la norma de urbanidad que prohíbe utilizar las gafas de sol mientras se come. A mitad de la comida, serían ya las cinco de la tarde (¿alguien dijo algo sobre la libertad de horarios en Europa?), mi cliente, un griego exagerado, excesivo y exacerbado, con un apellido digno de una enfermedad venérea, se levantó de la mesa y nos obligó a contemplar la puesta del sol tras el monte. También me había obligado antes a elegir la dorada que me iba a zampar. Es un dictador en su pequeño mundo.

Lo de viajar al extranjero está muy bien, siempre y cuando uno no se maree volando en avión, le guste viajar, lo haga por placer y no tenga que ir acompañado de mi jefe. Salvo por esto, ha resultado un viaje agradable. La próxima vez, me gustaría llegar a conocer un poco más el país que visite, no tener que coger seis aviones en cinco días y que el hotel no estuviera en medio de una autopista y al lado de una gasolinera.

Durante la cena del primer día (“kalamari” y otras delicias en un estupendo restaurante con vistas a la Acrópolis) la señora V., esposa de mi principal cliente, me preguntó si mi signo del zodíaco era Leo. Mi jefe me miraba alucinado, como si hubiera sido idea mía cambiar la conversación, de nuestros productos a los astros, con un pulsador, como en los programas concurso. La verdad es que me esmeré en ser encantador y sonriente, ese disfraz tan útil que me pongo para trabajar, pero
I never gave her that wink,
como decía George Harrison en “Help!”.

“No, no soy Leo, respondí. Tendrá que adivinar usted misma qué signo soy.”

Leo, ¡qué horror!; si fuera Leo no sería un pringao, ni seguiría en este trabajo, sino que habría tenido arrestos suficientes para montar mi propia empresa y me habría ligado a una tía que me molara. Un Leo nunca tiene miedo a nada y yo me paso la vida acojonado y lamentándome. Yo, más que Leoncio el León, soy Tristón: un pesimista congénito y un poco aguafiestas.
Pero estos señores tampoco se habían dado cuenta.

Les costó un poco acertar, sólo les di tres intentos. Una vez eliminados tres signos, es bastante fácil dar con el correcto. “¿Escorpio?” Aún peor, ¿cómo puede alguien ser Escorpio? Yo, si fuera Escorpio, me cambiaría inmediatamente de signo. O me inventaría uno nuevo.
Durante el resto del viaje estuvimos hablando mucho sobre los signos del zodíaco, los ascendentes y los planetas. Parece ser un tema de conversación común en Grecia y estaban muy versados. De hecho, todas las personas con las que traté me preguntaron mi signo. Mi jefe se sentía tan desplazado de las conversaciones astrológicas, que durante un vuelo en el hablamos de detalles de mi vida que contradecían mi signo zodiacal, me dijo: “Luego tendrás que pagar por el sicoanálisis, ¿no?”. Cuando confesó su ascendente Sagitario, nuestro cliente, el señor V., me miró como diciendo: “Ahora sé de dónde procede su falta de tacto”. Lo que le molesta a mi jefe es que siempre participo en todas las conversaciones con naturalidad y él en cambio no sabe salir de los cuatro o cinco tópicos que se ha aprendido de memoria.

Mi jefe tiene un tono de voz que aburre a las moscas y sus únicos temas de conversación son el Atlético de Madrid, los países en los que ha vivido y los viajes que ha realizado. Bastante malo ya es ser del Atleti, como para ir pregonándolo por el extranjero. Además, mucha gente ni entiende de qué equipo es, como no sepan mucho de fútbol. Su especialidad es contar cosas que son muy difíciles de explicar en otra lengua, con lo que cualquier anécdota le puede durar una media hora, aproximadamente. A lo mejor es una táctica para no tener que buscar nuevos temas de conversación. Yo, cuando no se tiene nada interesante que decir, prefiero que la gente permanezca callada, pero yo soy un raro.

Por lo demás, muchos “kalamari”, muchos pulpos, muchos pescados y verduras y frutas y panes y dulces empalagosos; muchos vinos blancos griegos, muy ricos; todo muy mediterráneo, muy sabroso y muy abundante, pero demasiado. Demasiado abundante, demasiado sabroso y demasiado pescado, para mi gusto. Espero haber recargado las reservas de fósforo y poder librarme de comer pescado una temporada larga.

La última noche, después de un intenso día de reuniones interminables y comidas de más de tres horas, nos soltaron en el hotel a las 9 de la noche. “A las 10 venimos a buscarles para ir a cenar”. Mi jefe: “¡Qué bien, tenemos un rato para revisar el correo!” Yo: no sé si meterme los dedos para potar y poder seguir comiendo, como los antiguos romanos durante sus orgías, quitarme los zapatos que me están matando, o tirarme en plancha a la cama una hora entera, sin más. La luz de la habitación se enciende automáticamente al abrir la puerta. Me quito la corbata y la lanzo al aire, dejo la llave de la habitación, el maletín, la chaqueta, me aproximo a la ventana y todo queda a oscuras: se me ha olvidado insertar la tarjeta-llave en la ranura que mantiene las luces de la habitación encendidas. Tiro una butaca buscando la salida, me parto la espinilla con la cama, no se ve nada. No recuerdo dónde he puesto la llave. No encuentro el móvil. No sé dónde he guardado el mechero.

Abro la puerta de la habitación para iluminarla con la luz del pasillo. Intento que quede abierta, pero tiene un muelle que lo evita. Trato de atar el picaporte al armario con la bufanda, pero se cierra de golpe y rompo la bufanda. Decido buscar a tientas. El escritorio, las mesillas, la cama, la silla, la butaca, la moqueta. Encuentro la chaqueta, rebusco en los bolsillos; el móvil, lo enciendo, es mejor que muchas linternas y encuentro enseguida la tarjeta: la había dejado en el escritorio. Se ha pasado la hora de descanso.

Última cena en Atenas: en un restaurante italiano, para variar. Lo agradezco. Cuando uno lleva más de cinco días comiendo pulpo y calamares sin parar, corre el riesgo de convertirse en uno de los seres innombrables de los relatos de Lovecraft y empezar a desarrollar tentáculos como Cthulhu.

Cuando regreso a la habitación pasada la una de la mañana, ya no puedo más. Tengo que levantarme en tres horas, pero, aún así, me sobran los motivos para estar alegre: mi jefe ha retrasado el vuelo de vuelta para no tener que madrugar. Me espera un apacible retorno a casa. ¿Me creería? En silencio.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Me he perdido al final, pero no te preocupes, soy del Aleti.
Anónimo ha dicho que…
jeje, que buen ritmo de estas letras, saludos y mi voto de todos los días!
:)
click!
Anónimo ha dicho que…
vengo de grecia, ayer bajé dle avión, cosas del destino no?
saludos y mi click de siempre!
Anónimo ha dicho que…
click again!
Anónimo ha dicho que…
saludos y clicks!
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¡Qué buen relato de un viaje de negocios!

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