Otra novela de Agatha Christie, la decimonovena de Hércules Poirot. Puedo decir, tras más de veinte libros leídos, que no suele decepcionarme.
Como en otras entregas de la serie, la intriga parte de una conversación que el mayor y más célebre detective del mundo entreoye desde una habitación de hotel por casualidad durante uno de sus viajes de placer. Desde la página 13, Poirot (y el lector) sabe que alguien pretende cometer un asesinato y que es capaz de reconocer la voz del que ha hablado de ello. Como información extra, los lectores sabemos de quién se trata.
De nuevo se pone a prueba a Poirot para que abandone la investigación o modifique sus conclusiones, ya que la víctima es a la vez victimaria y el narrador no duda en contarnos que la mayoría de los personajes la encuentran detestable. La víctima se nos muestra como un monstruo sádico, una persona que disfruta destruyendo a los demás. Tanto el narrador como los personajes justifican el deseo de su muerte, lo que despoja al crimen del peso moral habitual. El lector confronta una polémica interesante que le anima a continuar leyendo. Christie decide deliberadamente que el verdadero mal de la novela desaparece con la víctima, lo que permite que el resto de los personajes sean salvados en lugar de destruidos por la investigación policial.
Cita con la muerte está dividida en dos partes y un epílogo. En los doce capítulos de la primera parte, Poirot es sólo "el hombrecillo de los bigotes grandes", pág. 73, cap. 9. Es Sarah King la principal observadora de los huéspedes del hotel Salomon en Jerusalén y quien introduce el conflicto. Christie utiliza la focalización interna: el narrador en tercera persona sigue el punto de vista de Miss King y limita la información que transmite al lector a lo que ella ve, oye y deduce. Como contrapunto, el doctor Gerard permite profundizar en el misterio a través del contraste de opiniones profesionales. El narrador, sin embargo, mantiene la distancia con ambos y, pese a su protagonismo y opiniones, no merecen la confianza del lector y se convierten en sospechosos de asesinato a sus ojos. En los dieciocho capítulos de la segunda parte, el detective belga cobra importancia con el relato de la investigación. Solo a través de los testimonios de los personajes es capaz de comprender lo ocurrido.
Me gustan las novelas escritas en la época de entreguerras, quizá porque idealizo un mundo que iba desapareciendo y que la segunda guerra mundial terminó de enterrar: los viajes a lugares incógnitos, la elegancia de los hoteles o la vida sin prisas. Christie no vivió ajena a su tiempo y deja comentarios que parecen prepararnos para lo que ha de venir: la tensión en Palestina, el desprecio a los judíos, la inoperancia de los organismos internacionales; como en la pág. 82, cap. 10, primera parte:
Lady Westholme y el doctor Gerard sostuvieron una discusión bastante agria sobre la Sociedad de Naciones. (...) De la actitud de la Sociedad de Naciones en el tema de Abisinia y España, pasaron al litigio fronterizo de Lituania (...).Temas de actualidad en 1938, cuando también se firmaron los Acuerdos de Múnich. La paz idílica con la que se cierra esta novela de finales de los 30 del siglo pasado era el último destello de una vida que se desvanecía. Además, la autora no lo sabía entonces, pero los personajes (y sus lectores, por supuesto) serían felices durante poco tiempo: se avecinaba la guerra, lo que llena de melancolía el desenlace y vuelve agridulce el destino de los protagonistas. El frente en Oriente Medio, donde transcurre la historia, se convertiría en un tablero estratégico decisivo y lleno de agitación.
A diferencia de otros títulos, Christie es compasiva o indulgente o generosa con sus personajes. No son los sospechosos comunes movidos por la codicia o la maldad, sino las víctimas de un abuso psicológico sistemático. El deseo de muerte no los corrompe y una especie de justicia superior los salva. Una vez destruido el abusador, los personajes tienen la posibilidad de sanar. Como en pocas novelas, la autora les permitió el perdón y la redención: resuelto el misterio, no hay castigo ni estigma para la mayoría de ellos. Como un dios clemente, les otorga un “borrón y cuenta nueva”, en un final que a mí me ha resultado satisfactorio. Un final que quizá alegrara a sus lectores en el año de su publicación. Bastante tendrían que aguantar en los siguientes.
Sí, me parece un final de cuento. Me ha recordado a "Mucho ruido y pocas nueces", donde también los personajes fingen y actúan para engañar o para proteger a otros; donde también los malentendidos se resuelven y la historia se cierra con celebraciones matrimoniales. Agatha Christie crea un clímax donde se revela la verdad, seguido de un epílogo que salta en el tiempo para mostrarnos los matrimonios de los supervivientes. Es irónico que, mientras Shakespeare promete un futuro de paz tras acabar las guerras de Aragón, los personajes de Christie se casan sin saber que el mundo está a punto de estallar. Un final de cuento sirve de evasión y refugio a los lectores ante la realidad de una época tensa.
Un final teatral, la representación de "Hamlet”, escribir, crear, inventar; la vida como puesta en escena. La víctima mantenía un teatrillo de guiñol en el que manejaba a sus allegados como marionetas que no pueden existir sin ella. Una de las marionetas, víctima también del victimario al que se asemeja peligrosamente, inventaba delirios para escapar de la realidad. Ahora canaliza su capacidad de ser otra persona, de forma controlada y artística, sobre un escenario; pasa de secundario a protagonista de su propia obra. Los personajes recuperan la voz que les había sido arrebatada.
Me ha sorprendido, confieso, el desenlace, que difiere del episodio del mismo título de la serie televisiva, pero prefiero la novela. Final feliz de cuento de hadas: la muerte del ogro actúa como una liberación mágica que permite florecer a los demás. Todos encuentran su redención y un futuro brillante. Es cierto que pensar en matar a alguien no nos convierte necesariamente en asesinos, pero resulta inquietante.
Cita con la muerte
Agatha Christie
RBA Libros, S.A.
Barcelona
2006
236 págs.
ISBN: 84 7871 516 9

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