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BACK ON MY FEET


I don’t need love

Though temptation is sweet
Give me your hand
‘Till I’m back on my feet
You’re always telling me about my misery

I’ve seen things you will never see
Don’t pity me

Primer mes de trabajo después de las vacaciones y ya he incumplido mi principal propósito para este otoño: publicar en el cuaderno de bitácora semanalmente; pero la realidad me devora cada día y volver a casa a las nueve y media de la noche tras una agotadora jornada de trabajo + ocupaciones propias de mi sexo no ayuda precisamente.

En la oficina, encontré a todos más gordos, quizá sea la luz de la ciudad. Durante las vacaciones tenía la sensación de estar mucho más delgado, pero ahora ya no estoy tan seguro. Había conseguido recuperar unos Levi’s 501 antiguos y abandonados en un armario talla 32 sin que me apretaran. Y otros talla 31, que me abroché a duras penas tumbado en la cama, como las chicas de las películas. No tenía mala pinta con ellos, con camiseta claro, oculta toda la carne que tendía a acumularse por encima del botón del pantalón.

Me he visto tan gordo desde mi regreso, que no me reprimí en ir a la ferretería del barrio a comprar una báscula; quería una digital, pero el precio de las analógicas era la mitad y un ataque absurdo de tacañería me impidió gastar los 25 euros que costaba. Mala elección: los números y las escalas son tan pequeños que ahora no sé muy bien si peso 72 ó 75. El ahorro en la báscula lo perderé en la inversión en una lupa.

Vuelta a la ciudad y mi bitácora corre el riesgo de convertirse en un mero relato de actos sociales de escasa importancia, de deseos incumplidos y de vidas apresuradas.

La bandeja de entrada de mi correo electrónico está tan llena que no me deja ni enviar ni recibir. Mi compañero se ha limitado a hacer lo mínimo durante mi ausencia y todo son quejas por falta de respuestas. Encuentro uno fabuloso que comenzó hace más de seis meses y que ya ha superado las 50 páginas: los interlocutores no se habían molestado en eliminar los primeros mensajes, que iban quedando colgados bajo las incesantes respuestas. Los cuerpos de cada correo antiguo se han ido separando del margen izquierdo con los sucesivos sangrados y han llegado a convertirse en verdaderos poemas ultraístas.

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Los orientales son los interlocutores más persistentes y reenvían miles de estos correos electrónicos sin fin. Yo me los imagino como largas colas de dragones milenarios, dando tumbos por el éter. Empiezo a comprender por qué a veces tardan tanto en llegar algunos: se deben de enganchar entre sí, cola con cola, unos dragones tambaleantes que intentan llegar a su destino. Eso sí, llenos de poesía.

Mi ánimo oscila entre la desilusión y la impotencia. Desde que regresé, los días han vuelto a convertirse en nebulosas, algo lejano y perdido que desde dentro no se consigue apreciar y que empiezan a confundirse unos con otros.

A la menor ocasión, nuestro jefe se empeña en invitarnos a comer para confraternizar y nos llama "equipo" para que nos sintamos integrados; a cambio nos obliga a aguantar sus actuaciones, en las que es el centro de atención y monopoliza la conversación, un monólogo como los que proliferan en todas nuestras televisiones, pero sin pizca de gracia, como aquéllos. Mi jefe cree que tiene un gran sentido del humor y se ríe de todo el mundo y se asombra de que a los demás les molesten sus bromas, pero no consiente que ninguno nos riamos de él. Mi jefe se cree muy inteligente y con un sentido del humor incomprendido.

Para contrarrestar, auténtico humor absurdo e incomprendido: Little Britain (C+ sábados 21.00 hr., C+ 2 martes 22.00 hr.), la única concesión televisiva que me he permitido este otoño, a la espera de que la Fox empiece la tercera temporada de House. Matt Lucas y David Walliams son una extraña mezcla entre la corrosión de los Monty Python y la horterada de los Morancos; todo muy británico: la escritora de novelas rosas, el castillo escocés, la asociación de gordos que quieren adelgazar, el colegio. Inimitables.

Copa de inicio de temporada, la empresa y los jerifaltes en pleno, carpa en la terraza del Círculo, maravillosas vistas, muy “fashion”, canapés del cáterin más caro de la ciudad, camareros educadísimos y consabido discurso de los jefazos, lo importante en la empresa somos las personas, conciliación de la vida laboral con la vida personal, política de luces apagadas, integración de los "diferentes". Pululo entre los grupos, saludo a unos y a otros. Concilio mi vida profesional con Marina: nos reímos mucho como siempre, hablamos mucho y nos escuchamos y me mira de una manera que me entran ganas de comenzar la política de luces apagadas de inmediato. Nos hemos separado, avergonzados, para luego buscarnos sin cesar entre la gente y lanzarnos miradas cómplices desde lejos.

Asisto alucinado a mi primera reunión de departamento en mi nuevo puesto de comercial: comida en un hotel cinco estrellas de mucho renombre, pero un poco venido a menos, una paella insulsa, bebo demasiado vino, pero consigo soltar mi lengua y hablar en francés con el delegado en París. Nuestro director hace un discurso avasallador con el lema “Mantener las ventas y recuperar los márgenes”, que me suena al Tom Cruise de Magnolia , animando a sus seguidores a “respetar la polla y domar el coño”. Mis compañeros aúllan de placer, gritan "Hallelujah!", como los feligreses de Granujas a todo ritmo , y el director viste una túnica morada como James Brown y canta salmos sin parar de bailar. Sale al estrado el jefe de los enanos del almacén y de su boca salen perlas para llenar dos tráileres de la "Antología del Disparate", como lo de unas etiquetas que son visibles al ojo humano. Tengo que dejar de beber antes de las reuniones.

Reunión anual de toda la compañía y actividad lúdica. Entre esquivar a mi jefe y saludar a indeseables no pude casi probar los aperitivos. Al final termino bebiendo demasiado, como ya empieza a ser habitual. Antes de la conferencia de cierre, Marina me rescató de mi jefe, lo que agradezco y me permite sentarme a su lado y me aprovecho para acercarme mucho a ella y decirle cosas graciosas al oído y aspirar el delicioso perfume de Eau d’Oranges Vertes de Hermès que exhala su cuello mientras se ríe con ganas de mis simplezas, lo que me halaga en extremo.

A este ritmo, no va a haber quien consiga mantener el tipo y tendré que trucar la báscula para que no me sea tan doloroso pesarme por las mañanas. No va a quedarme más remedio que comprarme una digital, porque no es lo mismo pesar 73 que 76.

Escuché el otro día en la radio que las personas con mayor cociente intelectual tienen menos relaciones sexuales, por lo que yo debo de ser listísimo, ya que casi ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que tuve sexo con alguien. De hecho, ya casi tampoco me acuerdo de cuándo tuve sexo conmigo mismo por última vez. Y sin embargo estoy todo el rato pensando en el sexo, como algo que deseo íntimamente, algo que querría practicar de manera regular con alguien de confianza y que no me metiera en muchos líos. ¿Tiene el mismo valor estadístico pensar en el sexo que practicarlo?

Lo único que me anima es que ha estado lloviendo un poco y que todavía no ha comenzado el frío.

I'll be right again
Be upright without you
I'll stand up again
Kick up a fuss again too

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Creo que deberías escribir más a menudo. No me parece suficiente una entrada al mes y a veces ni eso. ¡No nos dejes así, por favor! Volveré la semana que viene a ver si te has animado.

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