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LA CARTERA

El sábado quedé a comer con unos amigos y fuimos a un pueblo de la sierra donde nos gusta perdernos de vez en cuando. Cuando fui a pagar, no tenía la cartera. La buscamos infructuosamente y desanduvimos el camino recorrido en vano. Cancelé todas las tarjetas de crédito y débito por teléfono y me fui a casa, aburrido de ver que, como de costumbre, un día tan prometedor terminaba de una manera tan abrupta. Ayer recibí una llamada del Servicio de Atención al Empleado de mi empresa: una señora llamada Isabel había contactado con ellos para decirles que encontró mi cartera el sábado. Me dieron su teléfono móvil y la llamé. Me dijo que debió de encontrarla nada más perderla, porque aparentemente no faltaba nada, incluído el dinero. La había encontrado donde aparcamos el coche. El único teléfono que había encontrado era el que aparece en mi tarjeta de empresa, al que se puede llamar en caso de pérdida. Pensaba enviármela por correo, pero yo insistí en acercarme donde se encontrara ella, si no...

CRISIS, WHAT CRISIS?

Hace dos semanas volví de vacaciones y me arrepentí al instante porque el recibimiento fue asistir a sendas reuniones de departamento y de área. ¡Menuda vuelta al cole! Como hace unos meses cambiaron al anterior jefe, ya no se trata de las efusivas reuniones, cuasi religiosas, de exaltación de las ventas y de incremento del margen de antaño. Nuestro nuevo jefe es apocadillo y calladito, ¡y del Atleti!, y, en su presencia, todos pretenden parecer serios y profesionales, porque a él no le gustan las bromas y muestra su desaprobación con miradas intimidatorias. Desde primeros de año mis clientes se han quejado de la situación económica en sus países. El primero fue el griego, pero ya en agosto, hasta el japonés andaba alicaído y hablaba de pocas expectativas de mejorar las ventas. En la reunión del departamento confesé que no llegaría al volumen presupuestado, pero todos mis compañeros, ¡e incluso mi jefe!, afirmaron sin rubor que sus ventas no sólo igualarían el presupuesto a final de añ...