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LA CARTERA

El sábado quedé a comer con unos amigos y fuimos a un pueblo de la sierra donde nos gusta perdernos de vez en cuando. Cuando fui a pagar, no tenía la cartera. La buscamos infructuosamente y desanduvimos el camino recorrido en vano. Cancelé las tarjetas de crédito y débito por teléfono y me fui a casa, aburrido de ver que, como de costumbre, un día prometedor terminaba de una manera abrupta.

Ayer recibí una llamada del Servicio de Atención al Empleado de mi empresa: una señora llamada Isabel había contactado con ellos para decirles que encontró mi cartera el sábado. Me dieron su teléfono móvil y la llamé. Me dijo que debió de encontrarla nada más perderla, porque aparentemente no faltaba nada, incluido el dinero. Estaba donde aparcamos el coche. El único teléfono que había encontrado era el que aparece en mi tarjeta de empresa, al que se puede llamar en caso de pérdida. Pensaba enviármela por correo, pero yo insistí en acercarme donde se encontrara ella, si no le parecía mal. Ella estaba en El Berrueco pero iba a bajar a Madrid por la tarde y me propuso vernos en La Vaguada a las cuatro, a la puerta de Alcampo. Tardé un poco en dar con ella, porque llegué un pelín tarde y se había ido a comer. Además se empeñaba en decirme que fuera por el pasillo de la derecha de Alcampo y era el de la izquierda; o ella decía de espaldas a Alcampo y era de frente, no sé. "Soy muy alta", me dijo varias veces. Me reconoció por la foto del carné, está claro. Alguien se acercó hacia mí corriendo, no sé de dónde salió y me alargó la cartera como si le diera apuro y quería irse, pero yo quería decirle lo agradecido que estaba y que pensaba que la gente no solía portarse así. "Es lo que me habría gustado que hubiera hecho alguien por mí", dijo sencillamente. Llevaba un pantalón de algodón como de chándal y una camiseta. El pelo castaño cortado como un paje. La cara un poco caballuna, con dientes muy grandes. Iba sin pintar. Yo insistí en hablarle más, pero ella no quería estar allí. Le di un regalo que le había comprado, con apuro, y lo cogió y se fue corriendo, casi sin despedirse. Cuando estaba en el taxi de camino a la oficina recibí un mensaje: "Muchas gracias por el regalo, espero que estuviera todo en la cartera. Un saludo, Isabel." Tampoco era tan alta.

Hoy he ido a quitar la denuncia a la comisaría y otra vez me han hecho esperar. Me ha atendido una oficial muy joven, estaba colorada, no sé si por la vergüenza. Su versión de los hechos: "Que comunica la recuperación de los efectos que se detallan más abajo, ocurrida a las 16:00 horas del día 17/11/2008, en La Vaguada, de Madrid. Que el dicente recibe una llamada telefónica de una mujer comunicándole que tenía en su poder después de habérsela encontrado en vía pública la cartera extraviada del dicente, recuperando la misma en el lugar y en la fecha señalada, después de ser entregada por la misma, no faltando ningún efecto o documento de su interior." Es lo mismo, pero no es igual.

La oficial debía de ser nueva o debía de tener poca experiencia, porque mientras redactaba el atestado ha estado pidiendo opinión a otros compañeros, superiores suyos, y he tenido que relatar varias veces los hechos para que ellos pudieran contrastar que lo que ella había escrito estaba correcto.

- ¿Puedo preguntarle una cosa?- le he dicho cuando ya había leído y firmado en cinco ejemplares el atestado.

El resto de sus compañeros lucía en las hombreras del uniforme unas espigas doradas, que en alguno de ellos formaba una especie de corona. Ella no llevaba ninguna.

- Depende del rango. A más categoría, más vegetación.

Cuando me he despedido, le he dicho que esperaba no volver a verles en una temporada larga.

- Y yo espero tener para entonces más vegetación.

- Yo también lo espero- le he dicho yo, y nos hemos reído.

A la hora de marcharme, me dio la sensación de que volvía a perder algo.

- No se preocupe- me ha dicho. - Si se deja algo, nosotros se lo devolveríamos. Pero no tiente a la suerte.

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