Hace dos semanas volví de vacaciones y me arrepentí al instante porque el recibimiento fue asistir a sendas reuniones de departamento y de área. ¡Menuda vuelta al cole! Como hace unos meses cambiaron al anterior jefe, ya no se trata de las efusivas reuniones, cuasi religiosas, de exaltación de las ventas y de incremento del margen de antaño. Nuestro nuevo jefe es apocadillo y calladito, ¡y del Atleti!, y, en su presencia, todos pretenden parecer serios y profesionales, porque a él no le gustan las bromas y muestra su desaprobación con miradas intimidatorias.
Desde primeros de año mis clientes se han quejado de la situación económica en sus países. El primero fue el griego, pero ya en agosto, hasta el japonés andaba alicaído y hablaba de pocas expectativas de mejorar las ventas. En la reunión del departamento confesé que no llegaría al volumen presupuestado, pero todos mis compañeros, ¡e incluso mi jefe!, afirmaron sin rubor que sus ventas no sólo igualarían el presupuesto a final de año, sino que lo superarían. ¿Será que voy a ser el único que no va a cobrar los objetivos?
En estas dos semanas mi buzón de entrada se ha saturado con correos electrónicos de los jefes para que revisemos la deuda, el margen y las toneladas; con aburridos informes de costes de materias primas, de paridad euro dólar, de incrementos de transporte. Mi agenda está saturada con más reuniones internas para mejorar las ventas y paso los días "regalando" nuestros productos a precios de saldo a los clientes y ofreciendo descuentos a final del año si llegan a un número de toneladas determinado. ¿No íbamos a superar las ventas este año?
CRISIS, WHAT CRISIS?
El fin de las vacaciones también ha supuesto volver a las clases de pilates y ni siquiera allí puedo disfrutar de un momento de relajación. Raquel, mi compañera me dice que los analistas creen que todo estallará en noviembre y que prevén el inicio de una guerra con Irán, lo que desencadenará la guerra mundial, en la que moriremos muchos, el año que viene. ¿Su consejo? Emigrar de las grandes concentraciones urbanas, comprar un arma de gran calibre e irse a vivir al campo con víveres suficientes. Después de esa revelación, no pude hacer ni un abdominal más. Si he de morir, ¿por qué molestarme en cultivar mi cuerpo con el ejercicio? Claro que si me tengo que ir a vivir al campo con Raquel y defenderla con un arma, no me importaría, porque cada día está mejor.
La vuelta a la rutina conlleva también el reencuentro con los amigos. Mi amiga Lola anda de cabeza porque su hija va a hacer la comunión la primavera próxima y me vuelve loco con servicios de cátering, restaurantes, vestidos e invitaciones. Le digo que con un poco de suerte a lo mejor no se tiene que preocupar más, porque, si estalla la guerra, ya no estaremos aquí ninguno y me cuelga el teléfono sin contemplaciones.
Llega el final del año y el departamento de recursos humanos de mi compañía quiere cumplir sus objetivos y a última hora se dedica a convocarnos a cursos. El de hoy se celebraba en una nave industrial, inhóspita y heladora. Durante de la comida, cuando yo intentaba entrar en calor con una sopa desvaída de pollo esquelético, mis compañeros no han podido evitar acabar hablando de la crisis y del futuro incierto.
- A mí lo único que me preocuparía es pasar frío y que se me cuele hasta los huesos y que nunca me lo pueda volver a quitar - he dicho mirando la sopa con cara distraída.
- Pero, Enrique, tú no te preocupes, que a nosotros eso no nos va a ocurrir nunca, me ha contestado Rosa con una mirada conmiserativa.
Estoy seguro de que a ella no le ocurrirá, porque tiene doble capa de grasa que le protegería de las inclemencias. Con una capa como esa, será una de las supervivientes de la gran catástrofe. O no. Quizá sea una de las primeras en caer, cuando empiecen a escasear los alimentos.
El otro día salimos a cenar y el restaurante no estaba lleno, precisamente. Lo que sí estaba lleno era el bingo, al que fuimos después para hacernos unas risas. En tiempos de crisis la gente apuesta más: cree que un golpe de suerte les sacará de la miseria. De madrugada, los taxis se peleaban por llevarme de vuelta a casa, miles de luciérnagas verdes revoloteando a mi alrededor. Me los quité de encima con el spray de mi indiferencia y volví caminando.
Crisis, ¿qué crisis?
Pero, ¿por qué últimamente no paro de ver a gente trajeada en bicicleta?
Desde primeros de año mis clientes se han quejado de la situación económica en sus países. El primero fue el griego, pero ya en agosto, hasta el japonés andaba alicaído y hablaba de pocas expectativas de mejorar las ventas. En la reunión del departamento confesé que no llegaría al volumen presupuestado, pero todos mis compañeros, ¡e incluso mi jefe!, afirmaron sin rubor que sus ventas no sólo igualarían el presupuesto a final de año, sino que lo superarían. ¿Será que voy a ser el único que no va a cobrar los objetivos?
En estas dos semanas mi buzón de entrada se ha saturado con correos electrónicos de los jefes para que revisemos la deuda, el margen y las toneladas; con aburridos informes de costes de materias primas, de paridad euro dólar, de incrementos de transporte. Mi agenda está saturada con más reuniones internas para mejorar las ventas y paso los días "regalando" nuestros productos a precios de saldo a los clientes y ofreciendo descuentos a final del año si llegan a un número de toneladas determinado. ¿No íbamos a superar las ventas este año?
CRISIS, WHAT CRISIS?
El fin de las vacaciones también ha supuesto volver a las clases de pilates y ni siquiera allí puedo disfrutar de un momento de relajación. Raquel, mi compañera me dice que los analistas creen que todo estallará en noviembre y que prevén el inicio de una guerra con Irán, lo que desencadenará la guerra mundial, en la que moriremos muchos, el año que viene. ¿Su consejo? Emigrar de las grandes concentraciones urbanas, comprar un arma de gran calibre e irse a vivir al campo con víveres suficientes. Después de esa revelación, no pude hacer ni un abdominal más. Si he de morir, ¿por qué molestarme en cultivar mi cuerpo con el ejercicio? Claro que si me tengo que ir a vivir al campo con Raquel y defenderla con un arma, no me importaría, porque cada día está mejor.
La vuelta a la rutina conlleva también el reencuentro con los amigos. Mi amiga Lola anda de cabeza porque su hija va a hacer la comunión la primavera próxima y me vuelve loco con servicios de cátering, restaurantes, vestidos e invitaciones. Le digo que con un poco de suerte a lo mejor no se tiene que preocupar más, porque, si estalla la guerra, ya no estaremos aquí ninguno y me cuelga el teléfono sin contemplaciones.
Llega el final del año y el departamento de recursos humanos de mi compañía quiere cumplir sus objetivos y a última hora se dedica a convocarnos a cursos. El de hoy se celebraba en una nave industrial, inhóspita y heladora. Durante de la comida, cuando yo intentaba entrar en calor con una sopa desvaída de pollo esquelético, mis compañeros no han podido evitar acabar hablando de la crisis y del futuro incierto.
- A mí lo único que me preocuparía es pasar frío y que se me cuele hasta los huesos y que nunca me lo pueda volver a quitar - he dicho mirando la sopa con cara distraída.
- Pero, Enrique, tú no te preocupes, que a nosotros eso no nos va a ocurrir nunca, me ha contestado Rosa con una mirada conmiserativa.
Estoy seguro de que a ella no le ocurrirá, porque tiene doble capa de grasa que le protegería de las inclemencias. Con una capa como esa, será una de las supervivientes de la gran catástrofe. O no. Quizá sea una de las primeras en caer, cuando empiecen a escasear los alimentos.
El otro día salimos a cenar y el restaurante no estaba lleno, precisamente. Lo que sí estaba lleno era el bingo, al que fuimos después para hacernos unas risas. En tiempos de crisis la gente apuesta más: cree que un golpe de suerte les sacará de la miseria. De madrugada, los taxis se peleaban por llevarme de vuelta a casa, miles de luciérnagas verdes revoloteando a mi alrededor. Me los quité de encima con el spray de mi indiferencia y volví caminando.
Crisis, ¿qué crisis?
Pero, ¿por qué últimamente no paro de ver a gente trajeada en bicicleta?
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