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LOS PAPELES PÓSTUMOS DEL CLUB PICKWICK


Cada día me voy haciendo más perezoso con la lectura, me cuesta mucho leer un libro; más si es una novela de mil páginas. De vez en cuando caen en mis manos libros que se convierten en la excepción, como el "Pickwick" de Dickens. El libro me lo prestó el año pasado -año Dickens, por cierto-, una compañera de lecturas, y me ha debido de dar tal vergüenza tenerlo en casa tantos meses que, para devolvérselo cuanto antes, lo he devorado en un tiempo récord. Se devora porque el libro es divertidísimo y he reído sin parar durante casi todas sus páginas.

En general, salvo en el capítulo XLI y sucesivos, que suceden en la cárcel y son más duros y oscuros, Dickens está en la cumbre de su sentido del humor; un humor que a ratos es físico, como de cine mudo: Después de una juerga de alcohol en casa de Bob Sawyer, uno de los invitados y amigo suyo, Ben Allen, (que tendrá un papel importante en el resto de la novela, porque se opondrá a la boda de su hermana Arabella con Snodgrass), en plena borrachera: “se pasó el tiempo hasta que amaneció, alternativamente, dando golpes en la puerta de la oficina del mercado del Borough, echando breves sueños en sus escalones, bajo la firme impresión de que vivía allí y había olvidado la llave.” (Pág. 583, capítulo XXXII).

A ratos el humor es pura ironía, como en el capítulo V (“Un capítulo breve, que muestra, entre otros, cómo el señor Pickwick se propuso conducir y el señor Winkle cabalgar; y cómo lo hicieron ambos”). Por supuesto, ni condujeron, ni cabalgaron y llegaron a la granja Manor hechos unos zorros. Un momento hilarante es la escena de Winkle a caballo. Snodgrass le pregunta por qué va de medio lado y Winkle contesta: “No puedo imaginármelo”. La situación comprometida de Winkle a caballo viene dada porque el resto de personajes le considera un hombre de acción y por supuesto presuponen que él debe ser el jinete, aunque él “abrigaba considerables dudas en cuanto a su habilidad ecuestre”, pero no se atreve a mencionarlo para que sus compañeros no sospechen que él no es quien parece ser.
A veces es crítica social contra los tópicos de su época y de sus contemporáneos: Los capítulos dedicados a la visita de Pickwick y sus amigos al pueblo de Eatanswill son de una modernidad asombrosa y cualquier lector reconocerá los periodos electorales de su localidad y las disputas entre los periódicos de distinto signo político. Me recuerda a un excelente “gag” de los Monty Phyton  sobre unas elecciones (disculpad los subtítulos en coreano):



En el capítulo XIII, por ejemplo, se relata su llegada a Eatanswill, que está en plenas elecciones. Al bajar de la diligencia, se ven rodeados por los simpatizantes de uno de los partidos, que lanzan enfervorecidos gritos en favor del candidato Slumkey. El señor Pickwick corea a su vez las consignas y Tupman le pregunta si conoce al señor Slumkey, a lo que Pickwick replica que no: “Calle; no haga preguntas. En estos casos, lo mejor es hacer lo que haga la masa.
-Pero ¿y si hay dos masas? –sugirió Snodgrass.
-Gritar con la que sea más grande –respondió el señor Pickwick.
Libros enteros no podrían haber dicho más.” Pág. 229
Y a veces el humor es sólo puro humor: “Había un cenador en el extremo (…), uno de esos dulces retiros que los seres humanos erigen para el buen acomodo de las arañas.” (pág. 148, capítulo VIII).
El mismo título de algunos capítulos es humorístico también: “Poderosamente expositivo a favor de la tesis de que el camino del verdadero amor no es tan suave como una vía férrea”. Sin embargo, no podría precisar qué es lo que me divierte más del libro, si sus personajes, las situaciones en las que se ven envueltos, las conversaciones que mantienen o su manera de ver y de vivir la vida. Esta filosofía que lleva al señor Weller a decir a Sam: “(…) ya verás que cuanto más gordo te pongas, más sabrás. La gordura y el saber, Sammy, siempre crecen juntos.”, pág. 986, capítulo LV. Como casi todos los personajes de la novela son gordos y entraditos en años, ¿debemos suponer que también son sabios aunque no den señas de inteligencia durante la novela? ¿Y qué debemos pensar del joven Joe, criado del señor Wardle, que es obeso y pasa el tiempo comiendo y durmiendo? No es extraño puesto que toda la novela es una ristra de celebraciones y los personajes pasan buena parte de sus páginas comiendo y bebiendo. Está bien visto beber e incluso perder el sentido por ello, ya que según el libro la bebida proporciona alegría, buen sueño, etc. Es un estado beatífico.
Pickwick fue la primera gran obra que emprendió Dickens y, en resumen, cuenta las aventuras que les suceden al señor Samuel Pickwick, presidente del club que lleva su nombre, y a tres miembros del mismo,  Augustus Snodgrass (que presume de ser un gran deportista y es un desastre),  Nathaniel Winkle (poeta aburridísimo y campeón de los cobardes) y Tracy Tupman (auténtico viejo verde, que se cree un romántico), cuando deciden recorrer Londres y sus alrededores para conocer mejor el mundo y la vida y poder contar sus experiencias a los restantes miembros del club.
El principal personaje es el señor Pickwick, un caballero a la antigua usanza; una especie de Quijote moderno, un soñador y un hombre reflexivo: El señor Pickwick tuvo tiempo de observar el aspecto y de especular sobre los caracteres y actividades de las personas que le rodeaban; costumbre en que se complacía en entregarse, en común con muchos otros grandes hombres.” (pág. 110, capítulo VI: “Una partida de naipes a la antigua usanza. Los versos del clérigo. La historia del regreso del penado”), pero nada se dice de sus opiniones ni de las conclusiones a las que llegó con su observación. Según la novela, Pickwick es una celebridad, un hombre genial, entre otros motivos porque ha escrito una teoría sobre los renacuajos en los estanques de Hampstead, lo que en sí mismo es humorístico. Además desde que emprenden la expedición nos damos cuenta de que tiene facilidad para meterse en problemas: nada más bajarse del coche de punto, los cocheros quieren lincharlo porque creen que es un espía.
Curiosamente y a pesar del carácter y de la erudición que se le presuponen, en los primeros capítulos, Pickwick nunca llega a actuar y tampoco se manifiesta abiertamente sobre ningún tema, sin embargo, el capítulo X (“Que aclara todas las dudas (si alguna había) sobre el desinterés del carácter del señor A. Jingle”), nos ofrece una nueva imagen del personaje cuando se atreve a ofrecer media guinea al limpiabotas, Sam Weller, para resolver la huida del villano Alfred Jingle con la solterona Rachael Wardle. El lector nunca conocerá el desenlace real de la historia y el papel que desempeñó el señor Pickwick en él porque, al final del capítulo, Dickens vuelve a utilizar el recurso, estilístico y humorístico, de remitirnos a las notas de Pickwick. Aunque el narrador prefiere evitarnos incluso eso: "Pero… ¡no! ¡Tendremos decisión! ¡No desgarraremos el pecho del público describiendo tales sufrimientos!" (pág. 194). Y termina el capítulo.
A raíz de su encuentro, Pickwick decide contratar como criado a Sam Weller, que es un personaje sacado de la novela picaresca: “-Queremos saber, en primer lugar –dijo el señor Pickwick-, si tiene algún motivo para estar descontento con su situación actual.
“-Antes de contestar a eso, señores –respondió Weller-, querría saber en primer lugar, si me van a ofrecer otra mejor.”  Pág. 223, capítulo XII.
Sam tiene un gracejo y una inteligencia natural que impresionan. Sus frases son geniales: Un niño viene a buscarle al bar San Jorge y el Buitre con un recado de su padre, preguntando por un tal Sam, sin apellido. Es mi padre (…); y estoy seguro de que apenas sabe cuál es mi apellido”. Cuando el niño le pregunta si acudirá a la cita con su padre, su contestación es: Puedes aventurarte a tal afirmación.” El tipo de respuesta que da Sam en toda la novela.
El padre de Sam se llama Tony Weller y es también una fuente de sabiduría popular. Completamente contrario al matrimonio (como puede verse en el capítulo XXXIII) espera que Sam no haya escrito una valentina en verso a su novia: “(…) la poesía no es cosa natural; nadie ha hablado nunca en poesía, salvo el anunciador en el boxeo, o el de la crema pa el calzado Warren, o el del aceite pa el pelo Rowland, o esos otros tipos desgraciados; no caigas nunca tan bajo como pa hablar en poesía (…).” (Página 590).
Desde que le contrata, Pickwick no va a separarse de Sam Weller, como don Quijote y Sancho. A medida que van pasando los capítulos y pese a la honorabilidad de Pickwick y la ayuda de Sam, se irá metiendo en más enredos, de los que sale indemne a duras penas: borracheras, líos y sobre todo equívocos con mujeres. En mi opinión, Pickwick en el fondo es un viejo verde: al despedirse de los habitantes de la Granja Manor, “besó a las jóvenes –íbamos a decir: como si fueran sus hijas, solo que, como es posible que imprimiera algo más de calor al ósculo, la comparación no sería totalmente adecuada-“, pág. 197, cap. XI. En general podemos decir que todos los personajes principales de la obra se ven enredados en aventuras “amorosas, enredos con mujeres” y esto también es fuente de humor.
Como todo Quijote, emprende luchas sin cuartel, es encarcelado por no pagar a unos abogados, ayuda a los enamorados Snodgrass y Arabella Allen; pero una de sus principales batallas es acabar con Jingle y promete perseguirle y detenerle en su carrera delictiva. El castigo final a Jingle y su conversión al buen camino vienen a través de Pickwick, pero en su faceta de benefactor: le ayuda en la cárcel, consigue su excarcelación y que pague sus deudas con su trabajo en ultramar. 
Otro personaje curiosísimo es Winkle, al que se le presuponen más habilidades de las que en realidad posee. En particular el capítulo II, cuando el señor Tupman y Jingle asisten al baile, y el episodio del duelo son memorables. Winkle acepta resignado un duelo, pero no está seguro de haber hecho nada indecoroso, aunque como bebió demasiado no recuerda nada. Da más crédito a su traje que a él mismo. Durante el baile se cometió una felonía, pero no se plantea que alguien pudo coger su traje y suplantarle, sino que da por supuesto que él es capaz de hacer cosas terribles, cuando el lector ya se ha dado cuenta a estas alturas de la novela de que es un infeliz. “(…) su reputación dentro del Club. Siempre se le había mirado como alta autoridad en todos los asuntos de destreza y diversión, tanto ofensiva como defensiva o inofensiva; y si en la primerísima ocasión en que se le ponía a prueba, se echaba atrás ante la demostración, bajo la mirada de su jefe, quedarían para siempre perdidos su nombre y su posición.” Además, Winkle cuenta con que alguien del club le detendrá o detendrá el duelo, lo que no ocurre, porque, de nuevo de un modo hilarante, Snodgrass acepta solemnemente guardar el secreto.
La novela incluye también historias paralelas a la acción de los protagonistas. Algún personaje lee un manuscrito, otro cuenta una aventura que le ocurrió a un tercero, los protagonistas conocen a alguien que les relata una anécdota, etc. Estas historias a menudo resultan aburridas y poco relacionadas con el argumento central. Por ejemplo, el capítulo XI, “QUE INCLUYE OTRO VIAJE, Y UN DESCUBRIMIENTO ARQUEOLÓGICO; RELATANDO ASIMISMO CÓMO EL SEÑOR PICKWICK DECIDIÓ ASISTIR A UNAS ELECCIONES, Y CONTENIENDO EL MANUSCRITO DEL ANCIANO ECLESIÁSTICO”, es un capítulo muy denso, con mucha materia, al menos eso dice el título, e incluye el “Manuscrito de un loco” (pág. 204), un relato que está fuera del tono general del libro y del relato del capítulo en particular. El manuscrito es digno de Wilkie Collins, o de novelas de Dickens más serias o trágicas; el origen: un médico que trabajaba en un manicomio se lo entregó al eclesiástico de Dingley Dell. 
Pickwick es una novela tan divertida, que se ríe de manera tan abierta de la sociedad inglesa y de sus manierismos, que incluso en este aburrido capítulo hay una aventura memorable sobre una losa con una inscripción que encuentra el señor Pickwick, y las controversias sobre su autenticidad y su significado. Dickens se ríe también de los falsos arqueólogos y de los pseudo científicos.
Y, por supuesto, el famosísimo autor del “Cuento de Navidad” no podía dejar de dedicar un capítulo (el XXVIII) a esta fiesta, que alaba como época de reencuentro y de reunión de las familias. Además es un capítulo costumbrista, porque relata a la perfección cómo se celebraban las navidades en tiempo de Dickens.
Aquí están mis cinco motivos para animaros a leer "Los papeles póstumos del Club Pickwick":
  • Para recuperar los conceptos del honor, la bondad y la ingenuidad, e imitar a Pickwick, haciendo el bien,
  • Para reírse con las anécdotas divertidísimas, las ridículas aventuras en albergues, los equívocos con las damas. Por los capítulos que pasa Pickwick en la cárcel.
  • Porque es un libro de caballerías moderno, con unos caballeros andantes que van en busca de aventuras, y con Pickwick que es un Quijote moderno.
  • Porque es un libro de aventuras al estilo clásico,
  • Porque nos muestra cómo era Inglaterra y la vida de Londres y de sus habitantes a principios del SXIX.
LOS PAPELES PÓSTUMOS DEL CLUB PICKWICK, CHARLES DICKENS
GRANDES CLÁSICOS MONDADORI, BARCELONA, 2005

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Anónimo ha dicho que…
Después de leer tu post, sin ninguna duda voy a leer "Pickwick". Gracias por recomendarlo.

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