Todos los nombres es una novela que desafía las convenciones narrativas y nos sumerge en una búsqueda existencial a través de la figura de don José, un modesto funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil, "donde los nombres son muchos, por no decir que son todos." [pág. 185, cap. XIII]. A través de una prosa densa, sin capítulos numerados y con diálogos que se integran en párrafos largos, el autor construye un universo suspendido en el tiempo, entre lo kafkiano y lo melvilliano, donde la burocracia se convierte en metáfora de la vida y la muerte.
La historia comienza con un gesto mínimo: don José, coleccionista de fichas de personajes famosos, encuentra por azar el registro de una mujer. Este hallazgo lo arrastra a una obsesión silenciosa que lo lleva a transgredir normas, falsificar documentos y adentrarse en espacios prohibidos, tanto físicos como mentales. La novela se convierte así en una exploración de la identidad, el deseo, la soledad y la memoria.
El narrador omnisciente, irónico y a veces cómplice, juega con el lector, suspendiendo juicios y dotando de vida a pensamientos, objetos y hasta al techo de la habitación de don José: “La sabiduría de los techos es infinita, (...) Si eres un techo sabio, dame una idea, (...) Sigue mirándome, a veces da resultado.” [ Pág. 181, cap. XIII]. La prosopopeya y el diálogo interior son algunos de los recursos literarios que utiliza el narrador para revelar la complejidad psicológica de don José, quien, a sus cincuenta años, parece vivir por primera vez una aventura, aunque absurda, profundamente humana. Su búsqueda lo transforma, lo descoloca, lo enferma, y lo enfrenta a sí mismo: “No parezco yo, pensó, y probablemente nunca lo había sido tanto.” [pág. 128, cap. IX].
El estilo de Saramago, con sus largas frases separadas sólo por comas, exige una lectura atenta, pero recompensa con una riqueza simbólica y filosófica notables. La Conservaduría, con su atmósfera detenida en un tiempo indefinido —que evoca tanto el siglo XIX, de Dickens, como los años 50—, inventado o idealizado, representa un mundo donde los nombres son más importantes que las personas; donde la vida se reduce a fichas archivadas. “La memoria, en esta casa de archivos, es tenaz, lenta en olvidar, tan lenta, que nunca llega a borrar nada por completo.” [pág. 91, cap. VIII]. La decisión del Conservador de unificar los archivos de vivos y muertos es un gesto que trasciende lo administrativo para convertirse en una reflexión sobre la continuidad entre la vida y la muerte, y sobre la necesidad de recordar a todos, incluso a los que nunca conocimos.
Un momento clave es la visita al cementerio, donde se revela que la mujer desconocida está enterrada en la zona de los suicidas. Es cuando descubrimos el sentido del título: Todos los nombres no es solo una referencia al archivo burocrático, sino una declaración poética sobre la universalidad del ser humano, más allá de su existencia legal o social.“(..) la divisa no escrita de este cementerio general es "todos los nombres", aunque deba reconocerse, que, en realidad, es a la conservaduría a la que estas tres palabras le sientan como un guante." [Pág. 250-251, cap. XVII].
No he podido evitar verme identificado con don José, ese hombre que como yo "pertenece a la multitud de los que siempre van dejando lo más importante para después", que "quiere y no quiere, desea y teme lo que desea, toda su vida ha sido así." [pág. 310, cap. XX]. Un hombre que vive la vida de otros a través de los recortes de personas célebres, un obispo, "un ciclista, (...) un corredor de fórmula uno" [pág. 93, cap. VIII]; "una actriz de cine de su colección" [pág. 114, cap. IX]. Que piensa que la búsqueda de la mujer desconocida puede ser absurda, "pero ya era hora de hacer algo absurdo en la vida" [pág. 94, cap. VIII]. Llega un momento en que hay que tomar al pie de la letra esta frase. Quizá, como don José, estamos buscando a alguien que no conocemos y en esa búsqueda descubrimos quiénes somos.
José Saramago
Editorial Alfaguara
Páginas 323
ISBN: 84-204-3071-4

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