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CONFINAMIENTO: SEMANA 1


Uno, por estar encerrado, no se vuelve de repente más simpático, ni le entran más deseos de estar en contacto con sus conocidos; si llamaba poco por teléfono, seguirá llamando poco, y si utilizaba el teléfono o el WhatsApp en sus comunicaciones, ahora, de repente, no va a empezar a conectarse por vídeo llamada sin ton ni son.

Lo mismo ocurre con los necios: el que lo era antes de la crisis, lo será durante la crisis y cuando termine, es una ley inmutable. Me extrañaría que alguno se volviera sensato después de esto. Los que antes del confinamiento salían sin parar, viajaban al extranjero en vuelos baratos, un fin de semana sí y otro también, e invadían las terrazas y los bares en grupos de diecisiete o más, quieren tener ocupadas todas y cada una de sus horas de reclusión y yo me pregunto por qué no se pueden quedar tranquilos en sus casas, sin moverse, que le entran a uno ganas de insultarles llamándoles tabardillos, si supieran lo que es.

Todas las noches, a las ocho, salen a aplaudir. La primera vez, me pareció que llovía y bajé corriendo las persianas, para que no se me ensuciaran los cristales. Y la segunda y la tercera, hasta que me di cuenta de lo que sucedía. La moda de nuestra época es mostrarse a los demás, exhibirse, hacerse publicidad, no importa el motivo ni los medios para hacerlo. Mezclarse en la masa, tener actividades grupales, asistir a mega festivales. Si no, no estás integrado, no pintas nada. A mí esas cosas me aburren soberanamente. Claro que estoy agradecido a los que siguen trabajando a pesar de las circunstancias, les haré mi homenaje particular o les daré las gracias en persona cuando me los encuentre, pero, eso sí, nadie sabrá si lo he hecho o no.

Afortunadamente no aguanto ni músicos, ni DJs, ni poetas declamantes. Tengo yo en mi vecindario un cantante de ópera que promete dar conciertos todas las noches desde su balcón, y no dejo que el coronavirus me ataque: antes, me mato. Porque no podemos salir, pero es para cambiarse de casa. Me siento como Mari Pepa en "La Revoltosa", que, como no aguanta a los vecinos que están de juerga en la corrala donde vive, les suelta esta fresca: 
Vecinos, les importaría mejor tocarse las narices; es que tengo la cabeza un poco delicada.
Me pregunto si la gente no sabe entretenerse sola, leyendo un libro tranquilamente o tocándose un pie. Es tiempo para el silencio y la reflexión y los padres podrían aprovechar para educar a los niños en estos valores y, sobre todo, animarles a que aprendan a pensar por sí mismos, pero si los padres tampoco son capaces de eso, bien estamos.

Como ya no gastan dinero en vuelos baratos, ropa infumable, gasolina o cañas en un bar moderno, ahora se dedican a consumir datos, fibra y conexión de Internet: venga a descargar películas, venga a ver series "online", venga a encender luces y a gastar electricidad, venga a dejar correr el agua mientras se lavan las manos. ¿No sería un buen momento para ayudar al medio ambiente? Que era en lo que estábamos antes de la crisis: todo el día hablando de que se nos hundía el mundo, porque íbamos acabar con las reservas, y que nos enfrentábamos al cambio climático. Debe de ser que se les ha olvidado. Eso significaría ser consecuente: gastar lo menos posible, gastar poca electricidad, poca energía, poca calefacción. ¿No queréis ser solidarios? Usad internet con moderación, porque a lo mejor también se colapsa, de tanto usarla, y se nos va acabar, como el amor de Rocío Jurado. Solo hay que pensar que lo que parece tan necesario no lo es tanto y que seguro alguien lo necesita más.  

Y un poquito de silencio, si puede ser.

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