Ha envejecido mal la novela de Guelbenzu. Tan mal como los pasos subterráneos que describe y que dejaron de existir en el centro de Madrid hace más de una década. Eran lugares insalubres que evitábamos por la noche por miedo a un susto y preferíamos cruzar a lo loco en la superficie, aunque no hubiera pasos de peatones. Fueron sustituidos por semáforos y señalizaciones en las vías rápidas: la Castellana, Doctor Esquerdo, Diego de León.
A muchos lectores de entre 30 y 50 años (si de verdad existen, yo no los conozco) les resultará ajeno el Madrid de los pasos subterráneos, como también serán incapaces de identificarse con los personajes de su misma edad de la novela, tan envejecidos, tan pasados de vueltas que solo piensan en la muerte y en el final. Ellos, que acaban prácticamente de colocarse y que han tenido el primer —y, en la mayoría de los casos, único— hijo pasados los 35. A ver quién les convence de que la vida se acaba a los cuarenta.
Es mi segundo intento con el libro: lo empecé, pero no pasé la página 154. ¡Cómo no la terminé entonces, si había leído más de la mitad! Confieso que se me hizo tediosa: un montón de frases muy bien construidas pero que a mí no me decían mucho, impresión que me temo no ha cambiado con el tiempo. Quizá también porque los diferentes narradores se confunden. Puede que yo no haya sabido diferenciarlos, pero en el fondo da igual, porque acaban pareciéndose entre sí: todos son perdedores, menos Isa.
No “engancha”, como suele decirse. Incluso va haciéndose más tediosa según se avanza y en ocasiones cae en la repetición. He llegado a pensar que es un ejercicio de estilo, con poso, eso sí. Su mayor logro es haber conseguido captar el abismo del hombre corriente, insignificante, sombra de lo que fue o de lo que pudo haber sido un día. Quizá solo por eso haya valido la pena.
José Mª Guelbenzu
Colección Nueva Narrativa Española
Círculo de Lectores
Barcelona
1991
254 págs.
ISBN 84-226-4172-0

Comentarios