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SIN NOTICIAS DE GURB, EDUARDO MENDOZA

Sin noticias de Gurb
Cuando se publicó durante las vacaciones estivales de 1990, alguna entrega suelta cayó en mis manos y me pareció una historia divertida, algo estrambótica, pero que no pude seguir leyendo, porque en el pueblo no comprábamos el periódico de manera habitual, mucho menos El País (mi padre era de ABC). He leído después muchos de los libros de Mendoza, creo que el primero fue “La verdad sobre el caso Savolta”, y me encanta, en particular, las novelas del detective sin nombre (pero en cambio La Isla Inaudita, se me atragantó y anda por ahí perdida en una estantería). Solo hace poco he leído entero Gurb.

En 1990, el nombre de Mendoza tenía tirón por los ecos del que muchos consideran su mejor libro, La ciudad de los prodigios, y El País debió de ficharle, no solo para entretener y hacer reír a sus lectores en las tardes tediosas del verano, sino para fidelizarles en la compra del diario, en una época del año en que las ventas pueden resentirse, hasta para un periódico de gran tirada, como era El País entonces. La novela tiene la cotidianidad de la prensa, con referencias a la actualidad, como los inminentes Juegos Olímpicos, o los baños que tenía la casa que la Preysler, ya casada con Boyer, se estaba construyendo; Ángel Casas, que aquel verano presentaba cada jueves el programa de entrevistas Un día es un día, donde había siempre un estriptís al final de la emisión, o el mundial de fútbol jugado en Italia, con el equipo español entrenado por Luis Suárez

Una nave extraterrestre, con dos tripulantes, que viajan bajo forma "acorpórea" y cuya misión es "tomar contacto con las formas de vida (reales y potenciales) de la zona" (día 9, pág. 5), aterriza en la Barcelona anterior a los Juegos Olímpicos del 92. Como el contacto deben hacerlo sin llamar la atención, las instrucciones recibidas son de adoptar la forma que deseen, “según un catálogo”, de los habitantes del planeta. Gurb, el segundo de a bordo, tiene la misión de contactar con las formas de vida de la tierra y para ello se convierte en Marta Sánchez, lo cual es humorístico, porque en aquella época era cantante de Olé, Olé, cuyo disco 1990 alcanzó el doble platino, y una mujer tan llamativa y voluptuosa, que actuó ante las tropas destacadas en la Guerra del Golfo, como Marilyn en Corea o Rosa Morena en la Marcha Verde. Ni Gurb ni su comandante saben que no va a pasar desapercibido.

La novela comienza el noveno día de la misión, con la transcripción del cuaderno de bitácora que mantiene el comandante de la nave alienígena, del que no se llega a conocer el nombre, y nos cuenta los quince días de su estancia en la Tierra y sus aventuras en Barcelona mientras busca a Gurb: su detención y estancia en la cárcel, la compra de un piso, su decisión de echarse novia y sentar la cabeza. Durante el periplo, el protagonista, intenta pasar desapercibido, sin éxito, porque le ocurren cosas extravagantes que, curiosamente, a los barceloneses no parecen extrañarles. En su primera incursión en Barcelona, aparece y desaparece, es arrollado por un automóvil, pierde la cabeza y nadie repara en él: "la cara se me ha puesto de color morado y los ojos me han salido disparados de las órbitas, debiendo ir a recogerlos nuevamente bajo las ruedas de los coches. A este paso acabaré por llamar la atención." (día 10, 13.00, págs. 9-10). Más adelante, adopta una postura inverosímil, pero una mujer piensa que es un tullido y le da dinero (Día 10, 14.00; pág. 10). En seguida quiere comprarse un piso y echarse novia; no se indica si es costumbre de su planeta comportarse así o es uno de sus aprendizajes en la Tierra. Pero, como "nuevo terrícola", quiere probar todas las experiencias de sus convecinos: tener dinero, comer bien, el piso, la novia, un trabajo estable en el bar, etc. Todo ello es ridículo, si se piensa en su situación temporal en la tierra y su origen extraterrestre.

Un extraterrestre que aterriza en la Tierra da pie a muchas situaciones divertidas por contraste o comparación, pero también por malas interpretaciones de costumbres o actividades terrícolas que se va encontrando. Por ejemplo, escribe que, debido a los continuos atascos de los fines de semana, hay muchos domingueros que quedan atrapados y no pueden regresar a sus casas los días laborables, por lo que sus hijos están privados de los estudios elementales (Día 17, págs. 56 y 57), idea equivocada por parte del protagonista y una exageración de la realidad con fines humorísticos. En un restaurante deja “cien millones de propina" (pág. 20). Describe también cosas absurdas que hacemos en la tierra (que a nosotros nos parecen completamente normales), pero que un recién llegado repara en ellas y le sorprenden.

Los extraterrestres tienen otras capacidades: No utilizan órganos para comunicarse oralmente; analizan datos, toman medidas y hacen cálculos mentales de todo lo que les rodea; pueden incorporar planos a sus circuitos internos; vuelan y andan sobre la coronilla; emiten y reciben ondas y señales con la mente; establecen contacto sensorial (día 11, 8.00, pág. 15). Es hilarante ver la inutilidad de algunas de estas capacidades o la absurdez de utilizarlas en la Tierra, porque son anacrónicas o no aplican a la Tierra, o porque no todo es exacto ni pautado, como en el planeta de los visitantes. También a veces el comandante las utiliza de forma equivocada o con fines ventajistas:  como no puede pagar la cuenta de un restaurante carísimo después de una opípara comida, manipula la lotería y gana 122 millones de pesetas (Día 11, 16:45; pág. 20).

El comandante no es un personaje plano, tiene muchos matices. A veces es terriblemente conservador, tanto que en ocasiones se expresa como una beata (o como un señor antiguo); es decente y pío: "Me pongo el pijama" (Día 10, 21.50; pág. 13); se lava los dientes y "(…) rezo mis oraciones" (pág. 21) antes de acostarse. Se muestra indignado, como una madre, si Gurb se retrasa: "(…) pero si no va a venir o sabe que va a llegar tarde, lo menos que podía hacer, por consideración, era avisar." (Día 10, 21.50; págs. 13-14). Creyente: "Día 10, 12.00. La hora del ángelus. Me recojo unos instantes, confiando en que Gurb no vaya a pasar precisamente ahora por delante de mí." (pág. 9); va a misa de ocho (Día 17, 20.00; pág. 59). Cuando lleva solo unos días en la Tierra, y después de un rato en Barcelona, ya extraña las condiciones de Sarnayola, lugar donde aterrizaron y está escondida la nave espacial. (Día 10, 19.00; pág. 13). Le gustan el orden y las buenas formas: de regreso a la nave al final de novela, el día 24 a las 12.00, escribe: "alguien ha arrancado de la puerta la imagen del Sagrado Corazón. Así no puedo presentarme en mi planeta."

En general, el estilo de la novela es sencillo y directo, popular; las páginas están plagadas de personajes marginales, con su jerga particular, con una leve crítica social y sátira de costumbres. Utiliza a veces metáforas, tan ramonianas como "Teléfonos con patas" (pág. 26) para hablar de los mariscos, o frases dignas de Jardiel: (Los ricos) "tienen más ropa, sobre todo de entretiempo" (pág. 21). El texto está plagado de contraposiciones, como cuando remata muchas entradas en el diario con la referencia al estado del tiempo (Pág. 10, 14.00; pág. 16, 10.10). Recurre a menudo a la acumulación de exageraciones con fines cómicos: "me como un kilogramo de churros, un kilogramo y medio de buñuelos y tres kilogramos de pestiños." (Día 17, 17.30; pág. 56). También son divertidas las compras que el comandante hace por capricho de cosas que no necesita, incluso repetidas: "me compro noventa y cuatro corbatas iguales" (pág. 26); “treinta pares de zapatillas de jogging" (pág. 27); y sin medida: "setecientos jamones de pata negra" y "medio kilo de zanahorias", lo que es un contraste humorístico. En una tienda de electrodomésticos, lo compra todo y sigue así a lo largo de toda la página 27. Al final, desintegra las compras porque el dinero no da la felicidad. Es impagable ver al comandante volver a casa vomitando (Día 16, págs. 52 y 53): cada entrada en esas páginas le muestra haciéndolo en un sitio diferente de Barcelona. Otra muestra de ingenio de Mendoza son las transformaciones del personaje principal: Día 10: Conde-duque de Olivares; Día 11: somormujo, Gary Cooper, don José Ortega y Gasset. Día 12: Julio Romero de Torres. Día 13: Paquirrín. Día 14: Almirante Yamamoto, el duque "y" la duquesa de Kent. Hilarantes.

No puedo evitar destacar algunos chistes que encuentro divertidísimos. El armario empotrado se pone en movimiento porque "era el ascensor del inmueble" (día 14, pág. 42). El comandante se desintegra delante de la abadesa de Pedralbes, que "salía a sacar la basura" (pág. 21). Y uno de mis momentos favoritos: el día 19 se transforma en Mahatma Gandhi, para evitar pasar calor, a las 17.10, "lo cual me proporciona (…) un paraguas, que nunca viene mal en esta época del año." El personaje sigue escribiendo sobre otras cosas y decide entrar en casa de su vecina a las 18.04: "Dejo el paraguas en el paragüero.", lo que es hilarante, porque ni nos acordábamos de él.

En resumen, el protagonista sin nombre no puede vivir sin Gurb, que se ocupaba de la limpieza y de la mecánica de la nave, ni siquiera puede pilotar la nave sin él. Por eso le busca por toda Barcelona, pero también porque se encuentra solo. Gurb, que ha adoptado la apariencia de una mujer despampanante, es capaz de vivir una vida fabulosa utilizando sus recursos y no duda en abandonarle en la primera ocasión si puede conseguir sus fines. Todo ello en un homenaje a la ciudad del autor a través del protagonista quien, a pesar de haber pasado toda la novela recorriendo Barcelona, acaba perdiéndose: "me extraña no encontrar los monumentos habituales, como el cenotafio de la Beata Madre Pilar, que podrían servirme de referencia." (día 10, 19.00; pág. 12). Tronchante.

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