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LA LIBRERÍA AMBULANTE


"Creo que leer un buen libro te hace modesto. Cuando uno logra ver con lucidez el interior de la naturaleza humana, cosa que te proporcionan los grandes libros, uno siente la necesidad de hacerse pequeño. (...) Y cualquier cosa que te haga sentir pequeño es maravillosamente buena." (capítulo 11, pág. 141)

2012
Traducción de Juan Sebastián Cárdenas
Colección Largo Recorrido, 32
Editorial Periférica 
16,75 euros 184 páginas
ISBN 978-84-92865-50-5




Hace dos años tuve que confesarme a mí mismo que no había leído mucho en los últimos meses. Estaba atascado. Ningún libro me atraía y casi todos me decepcionaban. "La librería ambulante" no fue la excepción. Compré el libro muy ilusionado y no me gustó. Es un librito, de menos de doscientas páginas, una lectura ligera, nada del otro mundo, pero ¿cómo me atrevería yo a hacer una mala crítica cuando hasta Eugene O'Neill se había declarado admirador de las novelas de Morley? Pero la historia me pareció tan sencilla que no entendía su éxito. En realidad, era una novela muy corta en la que casi no pasaba nada.

La relectura me ha hecho interesarme un poco más por ella. Sigue siendo una novelita, cuyas  182 páginas pueden leerse en una tarde, pero me ha sorprendido que Morley escribiera entonces sobre un mundo que estaba a punto de acabar tras la Gran Guerra. Un mundo donde no había televisión, el cine y la radio eran incipientes; el teléfono y los automóviles ya empezaban a marcar una diferencia, pero Estados Unidos seguía siendo un país eminentemente agrícola y los granjeros vivían aislados con sus familias en sus granjas. La vida era plácida y transcurría al ritmo de las estaciones agrícolas:  "El año empieza realmente en marzo, como saben los granjeros, y hacia finales de septiembre o comienzos de octubre la estación llega a la madurez y perfección de su clímax." (capítulo 13, pág. 161). En ese mundo, tan diferente del que vivimos cien años después, Morley escribe un alegato a favor de la literatura y de los libros en general. Todo lo que ocurre en los quince capítulos gira en torno a los libros.

El arranque de la novela es emocionante y la tensión se mantiene  hasta el capítulo 4: Helen McGill decide emprender una aventura imprevista y huye de la granja en la que vive con su hermano. Cuando Helen McGill, "a mis treinta y nueve años", decide comprar el Parnaso, un carro donde el señor Roger Mifflin vende libros de forma ambulante, es solo llevada por la desesperación: teme que su hermano Andrew  lo haga antes que ella  y la abandone hasta Acción de Gracias.

Helen no estaba particularmente interesada en la granja pero se ha acostumbrado a su vida tal y como es y ahora la ve peligrar. Sin embargo, desde el éxito de su primer libro Paraíso encontrado, su hermano abandona la casa en busca de inspiración para sus novelas y ella se ve obligada a quedarse al frente de todo. Helen cree que Andrew se ha ido desentendiendo de sus labores para perseguir su carrera literaria. Comprar el carromato y lanzarse a las carreteras a vender libros es su venganza, pero Helen es una mujer eminentemente práctica y nada romántica, por lo que prepara todo minuciosamente (sus tareas en la casa, la comida que va a llevarse, quién va a ocuparse de su hermano, etc.)  para irse antes de que Andrew vuelva del pueblo. Ella es tan prosaica que esta huida hace más extraño su comportamiento, pero en el fondo piensa que se merece unas vacaciones de su hermano y de su actividad como ama de casa.

En solo cuatro días Helen pasará los momentos más aventureros de su vida y que la cambiarán para siempre. Todo ello plagado de nombres de escritores famosos (y muchos de ellos prácticamente desconocidos para el vulgo del siglo XXI), libros y alabanzas del paisaje rural estadounidense. En el camino, Helen va a conocer a los granjeros de los alrededores, a una panda de vagabundos que intentan robarle el Parnaso y hasta al Gobernador del estado. Además disfrutará de los placeres sencillos de dormir en hoteles y de degustar comidas no preparadas por ella.

A partir del capítulo 4 nos enteramos también de la historia del señor Mifflin, por qué se hizo vendedor de libros ambulante y por qué quiere dejarlo ahora para escribir un libro e irse a vivir con su hermano a Brooklyn.  Según vamos conociendo a Mifflin descubrimos su convicción de que tiene una misión casi mesiánica de divulgar los libros por los Estados Unidos. Cuando Helen puede ver al señor Mifflin en acción, vendiendo libros y encandilando a sus posibles compradores no puede evitar empezar a admirarle.

Dice Mifflin: "Siempre he tenido la impresión de que es mejor leer un buen libro que escribir uno malo y pobre. Y he mezclado tantas lecturas a lo largo de mi vida que mi mente está llena de ecos y voces de hombres mejores que yo. Pero este libro que planeo escribir realmente merece ser escrito, creo yo, porque tiene su propio mensaje." (Capítulo 6, Pág. 79). Ese pensamiento es el que nos anima a la mayoría de los escritores a empezar.

En algunos momentos Helen cree que podrá ocuparse del Parnaso e incluso convertirse en una escritora. En el capítulo 8, Helen está a solas con el carromato y hace su primera visita a una de las granjas que Mifflin solía frecuentar. Allí se da cuenta de que es un hombre de bien y de que toda la familia le admira, lo que le agrada, pero se siente punzada por la envidia: decide no pasar la noche con sus anfitriones y prefiere intentar buscar la admiración de nuevos clientes, no de aquellos que alaban tanto a Mifflin. Pero Helen no se maneja bien sola: se pierde, el caballo Peg pierde una herradura, cae la lluvia y se ve obligada a detenerse en un lugar poco seguro, alguien se acerca a la caravana por la noche y pasa una noche terrible. Más adelante, en el capítulo 11, la echan de un hotel por intentar vender su mercancía. "Ésa fue la primera y única vez que hablé en público." (pág. 147, capítulo 11). Aunque consigue algunas ventas a lo largo del libro, puedo decir que ese negocio no es lo suyo.

Sin embargo, Helen no es ninguna tonta:  "No me he pasado quince años ocupándome de las labores domésticas de la granja sin haber elaborado mis propias ideas sobre la vida. Y sobre los libros. (...) Pero, como le dije, tengo mis propias ideas. He aprendido que el trabajo honesto vale tanto en la escritura de libros como a la hora de lavar platos. Supongo que los libros de Andrew deben de ser buenos porque, después de todo, trabaja en ellos sin descanso. Puedo perdonarle que sea un granjero inconstante mientras realice a destajo sus tareas literarias. Un hombre puede ser un holgazán en todo lo demás mientras haga una sola cosa con todo el esmero posible. De modo que no importa que yo sea una ignorante en literatura mientras sea la mejor en la cocina. En eso solía pensar mientras sacaba brillo, fregaba, limpiaba, desempolvaba y barría, justo antes de ponerme a preparar la cena. Si alguna vez me sentaba a leer durante diez minutos el gato iba a comerse las natillas. Ninguna mujer en el campo puede sentarse más de quince minutos seguidos entre el amanecer y la caída del sol, a menos que tenga una docena de sirvientes, claro. Y nadie sabe nada sobre literatura a menos que pase la mayor parte de su vida sentado. Como usted mismo, profesor." (Capítulo 11, pág. 142). Toda una declaración.

No voy a contar más cosas del argumento, pero sí diré que, al final, como su hermana temía en el primer capítulo, Andrew intenta comprar el Parnaso al señor Mifflin, pero ya llega tarde: Helen se ha salido con la suya.

Antes de terminar, copio este texto sobre Henry James. Creo que muchos de mis lectores pensarán lo mismo:  "(...) ¿qué es un  buen libro? No me estoy refiriendo a libros como los de Henry James (el gran ídolo de Andrew, aunque a mí siempre me ha parecido que tenía un aluvión de palabras en la cabeza y nunca se detenía a elegirlas adecuadamente). Un buen libro debe ser simple. (...) debe haber un corazón latiendo en su interior. Una historia que es sólo cerebro no vale demasiado. O, en todo caso, no pasaría la prueba en una reunión de la sociedad caritativa Dorcas. Ése es el problema con Henry James. Andrew hablaba tanto de él que un día llevé uno de sus libros al grupo de costura de Redfield para leerlo en voz alta. Después de un primer intento tuvimos que volver a Pollyana, de Eleanor H. Porter." (Capítulo 11: Pág. 141). ¡Qué humor!

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