Me gusta House entre otras cosas porque está enganchado a los calmantes. Una cosa que he aprendido de la serie es a tomar pastillas sin necesidad de agua. Antes me cortaba más y tomaba menos píldoras porque a veces no tenía un suministro de agua potable. La mayoría de los medicamentos tienen un sabor muy amargo y hasta ahora sólo me había atrevido con las aspirinas: un poco de saliva y quedan disueltas en un momento, listas para perforar tu estómago. Ahora que sé que se puede tomar una pastilla sin agua, como mi querido Dr. House, lo hago a todas horas.
Lo único que nos diferencia a House y a mí es que él está muy enganchado a la vicodina y que yo estoy muy enganchado a muchas medicinas diferentes. La adicción comenzó cuando yo era un niño y puedo decir que desde entonces he debido de probarlas casi todas. Hay gente que no soporta tomar medicinas, mientras que a mí no me importa: todas me saben bien, incluso las que saben mal y sigo estrictamente las indicaciones de los médicos sobre dosificaciones y horarios y termino todos los tratamientos a rajatabla. Me encanta leer los prospectos y me fascinan los efectos secundarios, que padezco sin excepción, y las contraindicaciones y las interacciones, que me salto a la torera.
Mis últimas adicciones son la paroxetina y el alprazolán y, como pienso que soy por lo menos tan listo como el Dr. House, me las he apañado para que sea mi médico de cabecera quien me las recete. Le he dado tanta pena: los ahogos, los sollozos, los ojos arrebatados en lágrimas, una actuación perfecta para conseguir unas dosis.
-En tu estado podríamos darte la baja, me ha dicho.
¿Qué baja?, pienso yo, si no puede haber nada mejor que ir drogado a la oficina, envuelto en una nube de bienestar. Ver a mi compañera parlotear sin cesar y mirarla sonriente, con ojos nebulosos, y pensar que es muy fea y hacer cálculos mentales de cuándo me toca la siguiente dosis.
Sin embargo aún no he conseguido encontrar un medicamento que cure la cobardía. A veces me pregunto qué ocurriría si aumentara la dosis y cómo sería flipar en serio, pero no me atrevo. O qué pasaría si me tomara el bote entero e intentara morirme o algo. Pero creo que no debe de merecer la pena: las pastillas me dan una somnolencia tan placentera, que creo que es suficiente por el momento. Mi único deseo es llegar a casa, meterme en la cama, dormirme y soñar. La mayoría de la gente ve la tele. Mi programación es mejor. Me duermo y continúo con el capítulo de mi culebrón particular, en el que yo soy el auténtico protagonista y Marina me ama y Violeta no me ha abandonado. Una serie muy berlanguiana, un poco verde y coral, donde aparecen todos los personajes secundarios de mi vida: mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo. Donde soy feliz. Lo peor es despertar, pero para eso tengo las pastillas, que me permiten seguir soñando despierto.
En noviembre fue el gran estreno de la cuarta temporada de House en Cuatro, pero no han continuado emitiéndola. ¿Ha sido un gran engaño? Yo he empezado a verla en Fox, los miércoles a las 00.05 hr., en versión original subtitulada.
Lo único que nos diferencia a House y a mí es que él está muy enganchado a la vicodina y que yo estoy muy enganchado a muchas medicinas diferentes. La adicción comenzó cuando yo era un niño y puedo decir que desde entonces he debido de probarlas casi todas. Hay gente que no soporta tomar medicinas, mientras que a mí no me importa: todas me saben bien, incluso las que saben mal y sigo estrictamente las indicaciones de los médicos sobre dosificaciones y horarios y termino todos los tratamientos a rajatabla. Me encanta leer los prospectos y me fascinan los efectos secundarios, que padezco sin excepción, y las contraindicaciones y las interacciones, que me salto a la torera.
Mis últimas adicciones son la paroxetina y el alprazolán y, como pienso que soy por lo menos tan listo como el Dr. House, me las he apañado para que sea mi médico de cabecera quien me las recete. Le he dado tanta pena: los ahogos, los sollozos, los ojos arrebatados en lágrimas, una actuación perfecta para conseguir unas dosis.
-En tu estado podríamos darte la baja, me ha dicho.
¿Qué baja?, pienso yo, si no puede haber nada mejor que ir drogado a la oficina, envuelto en una nube de bienestar. Ver a mi compañera parlotear sin cesar y mirarla sonriente, con ojos nebulosos, y pensar que es muy fea y hacer cálculos mentales de cuándo me toca la siguiente dosis.
Sin embargo aún no he conseguido encontrar un medicamento que cure la cobardía. A veces me pregunto qué ocurriría si aumentara la dosis y cómo sería flipar en serio, pero no me atrevo. O qué pasaría si me tomara el bote entero e intentara morirme o algo. Pero creo que no debe de merecer la pena: las pastillas me dan una somnolencia tan placentera, que creo que es suficiente por el momento. Mi único deseo es llegar a casa, meterme en la cama, dormirme y soñar. La mayoría de la gente ve la tele. Mi programación es mejor. Me duermo y continúo con el capítulo de mi culebrón particular, en el que yo soy el auténtico protagonista y Marina me ama y Violeta no me ha abandonado. Una serie muy berlanguiana, un poco verde y coral, donde aparecen todos los personajes secundarios de mi vida: mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo. Donde soy feliz. Lo peor es despertar, pero para eso tengo las pastillas, que me permiten seguir soñando despierto.
En noviembre fue el gran estreno de la cuarta temporada de House en Cuatro, pero no han continuado emitiéndola. ¿Ha sido un gran engaño? Yo he empezado a verla en Fox, los miércoles a las 00.05 hr., en versión original subtitulada.
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