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LAS PALMERAS SALVAJES

LAS PALMERAS SALVAJES (3ª ED.)LAS PALMERAS SALVAJES by William Faulkner
My rating: 3 of 5 stars

Si alguno no lo ha hecho todavía, le recomiendo que no lea esta edición de Edhasa, que es pobre, con errores tipográficos, y porque la traducción de Borges puede resultar difícil para el lector español, plagada de argentinismos que dificultan la por sí ya difícil prosa del estadounidense. Ni siquiera merece la pena comprarla por el prólogo de Benet.

En inglés se ha editado de nuevo, tal y como la escribió el autor y con el título original que había ideado: If I forget thee, Jerusalem (Si yo me olvidare de ti, Jerusalén), cita tomada de los Salmos 137: 5, entre paréntesis y debajo del original, para no crear confusión entre los nuevos lectores.

No es mi novela favorita de Faulkner, pero el recurso de contar dos historias que se interrumpen, se complementan y nunca se cruzan, me parece un alarde de creatividad y de originalidad tal, que no me puedo sustraer a la admiración. La interrupción de la historia de las Palmeras salvajes por la del viejo, mantiene la atención y la emoción del lector. En estos tiempos descreídos y cobardes, leer una defensa tan apasionada del amor y de la libertad parece que da fuerzas a los que todavía creemos firmemente en todo.

En este sentido, contiene muchas frases significativas y con las que me siento plenamente identificado. Mis páginas favoritas: el discurso de Wilbourne sobre el amor, el matrimonio y la vida (págs. 121 a 128, en la edición de Edhasa, 1991), cuando se despide de McCord en la estación y va a emprender una nueva vida, desde cero con su amada Carlota.

“-Me había convertido en un marido –dijo-. Eso es todo. Yo no lo sabía siquiera hasta que ella me dijo que en la tienda le propusieron que se quedara. Al principio tenía que observarme cada vez que tenía que decir “mi esposa” o Mrs. Wilbourne, luego descubrí que me había vigilado meses, para no decirlo; hasta me había sorprendido dos veces desde que volvimos del lago, pensando quiero que mi esposa tenga lo mejor exactamente como un marido con el salario del sábado y su casita suburbana llena de invenciones eléctricas para ahorrar trabajo y su mantelito de verde para regar el domingo por la mañana, que serán suyos si no lo despiden o si no es atropellado por un coche en los diez años subsiguientes –el gusano ciego a toda pasión y muerta toda esperanza y que ni siguiera lo sabe, olvidadizo e inconsciente ante la tiniebla total, ante la oscuridad toda despectiva que lo fulminará a su hora. Hasta había dejado de avergonzarme de la manera como ganaba el dinero; ya no me avergonzaban mis cuentos; como el empleado que está comprando por mensualidades la casita propia donde su mujer tendrá lo mejor, no se avergüenza de su emblema, el destapador de goma para letrinas, que lleva consigo. (…)"

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“Decencia, eso era lo que me decidió. Hace poco descubrí que la haraganería engendra nuestra virtudes, nuestras más tolerables cualidades; contemplación, ecuanimidad, pereza, dejar en paz al prójimo; buena digestión mental y física; la sabiduría de limitarse a placeres carnales: comer y defecar y fornicar y sentarse al sol, porque no hay nada mejor, comparable, ninguna cosa mejor en este mundo sino vivir por el corto tiempo en que se nos presta aliento, estar vivo y saberlo –ah, sí, ella me enseñó eso, me marcó también para siempre- nada, nada. Pero hace poco he visto claro, sacando la conclusión lógica, que una de las virtudes primordiales –ahorro, aplicación, independencia- engendra todos los vicios –fanatismo, entrometimiento, suficiencia, miedo y lo peor de todo, decencia. (…) Porque el hecho de ser solventes por primera vez, de saber con seguridad de dónde vendría la comida de mañana (el maldito dinero, demasiado: de noche nos quedábamos despiertos planeando cómo gastarlo; para la primavera ya andaríamos con prospectos de compañías de vapores en los bolsillos) me había esclavizado y entregado a la decencia como cualquiera. (…)

“Me había convertido en el perfecto dueño de casa. No me faltaba más que la sanción oficial en la forma de un número en el registro de Seguridad Social como cabeza de familia. Vivíamos en un departamento que no era bohemio, que no era un nido de amor culpable, ni siquiera en esa parte de la ciudad sino en un vecindario dedicado por las ordenanzas municipales y por su arquitectura al segundo año de matrimonio entre el montón de quienes ganan cinco mil al año. (…)

“Una buena porción de valor es un descreimiento sincero en la suerte. Me había atado de pies y manos en una tirita de cinta entintada, diariamente me veía más y más enredado en ella como una mosca en una tela de araña; todas las mañanas, para que mi esposa pudiera llegar a tiempo a su empleo, yo lavaba la cafetera y la pileta y dos veces por semana (por la misma razón) compraba a la misma carnicería las verduras necesarias y las costillas que cocinaríamos los dos el domingo; un poco más y nos hubiéramos vestido y desvestido en nuestros kimonos delante uno de otro y hubiéramos apagado la luz antes de hacer el amor. Así es. No son las circunstancias las que eligen nuestras vocaciones, es la decencia la que nos convierte en quiromantes y dependientes y pegadores de carteles y motoristas y escritores de novelones. (…)

“Y entiéndelo bien, me gustaba. Nunca lo he negado. Me gustaba. Me gustaba el dinero que ganaba y me gustaba la manera de ganarlo: las cosas que hacía, como te dije: No fue por eso que un día me sorprendí refrenando el pensamiento: Mi esposa debe tener lo mejor. Fue porque un día descubrí que tenía miedo. Y al mismo tiempo, descubrí que seguiré teniendo miedo, haga lo que haga, que seguiré temiendo mientras ella viva o yo viva.

“(…)Y no por cuestión de dinero. Al demonio con el dinero. Puedo ganar todo el dinero necesario; (…). Somos nosotros. Es el amor, si quieres. Porque no puede durar. No hay lugar para él en el mundo, ni siquiera en Utah. Lo hemos eliminado. Nos ha tomado largo tiempo, pero el hombre es ilimitado en invenciones, y nos hemos librado del amor como nos hemos librado de Cristo. (…)

"Esperé demasiado. (…). Vencí, eso lo creí. Yo creía que me había despertado a tiempo y vencido; volvimos aquí y pensé que nos iba espléndidamente hasta esa noche antes de Navidad cuando ella me habló de la tienda y me di cuenta a lo que íbamos, que el hambre no era nada, no podía hacer nada más que matarnos, pero que esto era peor que la muerte o la separación; era el mausoleo del amor, el catafalco hediondo del cadáver llevado entre las formas ambulantes y sin olfato de las insensibles divinidades que piden carne antigua. (…)

“-Y ahora tengo miedo –dijo Wilbourne-. Entonces no tenía miedo porque estaba en eclipse, pero ahora estoy despierto y puedo tener miedo gracias a Dios. Porque en este año de gracia de mil novecientos treinta y ocho no hay lugar para el amor. Me atacaban con su dinero mientras dormía porque era vulnerable en el dinero. Luego desperté y rectifiqué el dinero y pensé que los había vencido hasta esa noche en que descubrí que Ellos me atacaban con su decencia y eso era más difícil de vencer. Pero ahora ya no soy vulnerable ni en la decencia ni en el dinero, así que ahora tendrían Ellos que encontrar alguna otra cosa para forzarnos a aceptar el molde de la vida humana que ahora ha evolucionado hasta prescindir del amor –aceptar o morir.”

¡Cuánta pasión! El discurso de Wilbourne es, básicamente, lo que pienso yo del amor y de la vida y lo que nos ocurrió a Violeta y a mí, pero yo no tuve el valor de Wilbourne para salvar nuestro amor y Violeta se fue antes de que agonizara.

Siempre que me pregunto si merece la pena o no escribir, vuelvo a leer a Faulkner. Este ejercicio me relaja de mis aspiraciones creativas y me permite seguir escribiendo, bien o mal, pero sin complejos, porque sé fehacientemente que nunca conseguiré imprimir un sello distintivo a mis obras que me haga pasar a la historia de la Literatura como un auténtico creador, un innovador, como fue William Faulkner y que le hizo ganar el Nobel a los cincuenta y dos años. Yo, que me voy acercando peligrosamente a esa edad, mucho tendría que mejorar para ganar un premio de tal magnitud.

Decía José Sazatornil en Amanece que no es poco, cuando detiene a uno de los personajes de la película por haber copiado "Luz de agosto": “No podría usted haber plagiado a otro? ¿Es que no sabe que en este pueblo es verdadera devoción lo que hay por Faulkner?” Y le insiste Cassen, en el papel del cura: “¿No podías haber elegido a otro?”

Para leer a un faulkneriano convencido, recomiendo:

http://ellamentodeportnoy.blogspot.com/2006/03/un-faulkner-la-semana-y-xvii-las.html.

Todo sobre Faulkner: https://guides.lib.olemiss.edu/faulkner

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