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SEMANA SANTA


Mis primeras vacaciones del año. En ellas me permito una de mis actividades favoritas, que es dormir al menos diez horas diarias. Una de las ventajas de cumplir años es que se acrecienta la falta de remordimientos, que, añadida a la facilidad que tengo, y que no termina nunca de asombrarme, para adaptarme a no hacer nada, me permiten descansar en vacaciones.

La última semana de trabajo no presagiaba nada bueno, creí incluso que mi jefe no autorizaría mis vacaciones, porque uno de mis compañeros ya las había pedido y el otro, que se quedaba de retén, se había hecho un esguince. Pero no ha faltado ni un solo día y desde antes de las ocho ya se encontraba en el despacho, con sus muletas cerca y la pierna en alto, sin poderse mover hasta que su mujer venía a buscarle con el coche pasadas las siete de la tarde. Y yo rezando porque siguiera así.

El médico le había mandado una semana de reposo absoluto, que él se ha saltado a la torera, pero, me confesaba, “yo es que no sé estar sin hacer nada”. A mí me mandan reposo absoluto y probablemente ganaría a la momia de Tutankamón en quietud y falta de movimientos. Mi compañero es de los que lo pasan mal viendo a los demás hacer cosas por él. Para mí, nada hay más gratificante que recibir favores o ayuda de manera voluntaria. Enfins.

Desde hace cuatro o cinco años, paso las Semanas Santas en Cantabria, en casa de Alejandro y Mariluz, unos amigos que abandonaron la gran ciudad y decidieron irse a vivir al campo. Los padres de Mariluz vendieron la empresa alimentaria que regentaban y regalaron parte del dinero de la venta a sus hijos. Con ese dinero, Mariluz y Alejandro compraron una casa en un pueblo de la costa y abrieron una tienda de delicatesen. Mientras ella mantenía la tienda, Alejandro empezó a trabajar en la construcción, a la espera de algún encargo como arquitecto. Nada parecía presagiar que les fuera a ir bien, pero ellos tienen una fe infinita en ellos mismos y creen que dios les dará lo que sea necesario. Este año, nacerá su quinto hijo, han empezado a comercializar de forma masiva los productos orgánicos que cultivan en su huerto y que ahora, después de más de diez años intentándolo, parecen ser rentables y Alejandro está embarcado en la construcción de un museo en una ciudad cercana, proyecto que dará mucho de que hablar.

Alejandro es amigo mío desde los catorce años, compañero de litronas y de correrías. En su casa siempre soy bienvenido. Allí no tengo ninguna restricción, hago lo que quiero. Me levanto tarde, paseo por la playa, juego con los niños, que me consideran uno más de la familia. A casa de Mariluz y de Alejandro he acudido en los momentos buenos y en los malos y ellos se han regocijado conmigo de los primeros y me han escuchado en los segundos. Allí me he recuperado de mis dolores del alma, he lamido mis heridas, me he olvidado del trajín y me he divertido.

Lo mejor de todo es que allí soy un ser anónimo, no le importo a nadie y nadie me echa de menos. No suena una sola vez el móvil y además hay tan poca cobertura que ni siquiera sé si funcionaría si alguien intentase llamar. En esa casa soy yo al desnudo, el de verdad: no tengo que arreglarme ni ir de nada. No me afeito y me lavo y me peino lo estrictamente necesario para no pasar por guarro. No tengo que hablar y nadie espera que hable y lo que es mejor, nadie espera que diga cosas inteligentes. No tengo que ser ingenioso, no intento ser guapo, no tengo que ser nada y no hago nada. Es fantástico no hacer nada útil y no sentir remordimientos. Juego a las cartas con los niños, a la escoba, que es mi juego favorito; me siento junto a la chimenea y miro el fuego sin pensar en nada.

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