Yo, que no me caracterizo precisamente por la rapidez mercuriana de mis movimientos y que no soy muy amigo de modificar mis rutinas, llevo en cambio una vida en la que todo es urgente y donde los cambios se suceden de manera incesante. Últimamente no consigo permanecer más de dos días seguidos sentado en mi mesa de trabajo ni más de una hora en casa. Así no hay quien mantenga una relación estable con nadie ni con nada, ni siquiera una relación cibernética, como es un blog, con lo que empiezo a dudar de que mis lectores asiduos, si es que alguna vez los tuve, sigan enganchados a las historias que cuento desde mi escondrijo.Me domina el sueño, tengo un cerro de cosas pendientes, miles de correos electrónicos sin contestar, cita con el dentista, y lo que en realidad me apetece ahora mismo es echarme la siesta y no estar contando mis penurias a la hora (una) de comer mientras mordisqueo un sándwich revenido del Vips y una manzana insípida.
Ayer volvimos de madrugada, después de haber pasado dos días en Valencia, donde se celebraba la convención anual de la empresa. Nuestro jefe es valenciano y el lunes era la “cremá” de las fallas. ¡Qué bien que ha podido combinar el trabajo y la diversión! Yo, por el contrario, he visto hecha realidad una de mis pesadillas. Las fallas son como un parque temático, pero el marco es una ciudad y se encuentran al aire libre, por lo que uno no puede evitar toparse con alguna en su paseo por la ciudad, igual que no puede librarse del olor de la pólvora o del sonido de los petardos.
Tengo cierta aprensión al fuego. Me gusta verlo, por ejemplo, en una chimenea y esa sensación de olvido que trae mirarlo y el reconfortante calorcito cuando se siente cerca, pero prefiero comprobar que todo el fuego que me rodea está bien apagado antes de abandonar el lugar. No es que sea especialmente miedoso, pero siempre me acuerdo de Steve Marriott, que se durmió fumando en la cama y se quemó. Yo, que soy un fumador impenitente (¡sí, he vuelto! La culpa la tiene mi trabajo, tuve que escoger: o el tabaco o las uñas, y escogí el tabaco. Ahora fumo y me muerdo las uñas, pero uno no es perfecto.), y que me gusta fumar en la cama antes de dormir, miro y remiro mil veces si la última colilla está bien apagada y hay veces incluso en que hecho agua en el cenicero, por si acaso. Manías.
Estas precauciones no son baladíes. No es sólo lo de Marriott. Hace unos años estuve a punto de incendiar las oficinas, en mi primer empleo, una empresa de publicidad, al dejar un cigarrillo encendido en un cenicero donde había papeles, que prendieron a velocidad de rayo. Otra vez incendié con un cigarrillo mal apagado una papelera en el crematorio del cementerio, cuando íbamos a incinerar a la madre de Lola, mi amiga, que, al ver la humareda, dijo: “Vaya, creí que habían empezado sin nosotros.”
Así que con prevención y en contra de mis principios, salí con mis compañeros a ver las fallas de Valencia. Nos guiaba Salvador, uno de ellos, que decía saber por donde había que ir. Él es valenciano, pero de un pueblo de los alrededores. Un huertano, al fin y al cabo. Igual que si yo me ofrezco de guía en las fiestas de Burgos, que no es mi ciudad, porque he estado allí alguna vez. Como no tenía ni puñetera idea de por dónde nos tenía que llevar, anduvimos dando vueltas, muertos de sed y de frío, viendo fallas de barrio de segunda categoría.
Marina andaba babeando a su lado como una idiota y aunque intenté desmarcarla de él, no hubo manera. Conseguí caminar junto a ella un par de veces, pero casi no me hablaba y yo no conseguía que me salieran las palabras. En cuanto me despistaba un poco, se había ido otra vez con Salvador y a mí se me había pegado Luisa, haciéndome arrumacos. A nuestro paso, petardos a diestro y siniestro. Hubo un momento en que pensé que tenía estallido interno del bazo. Y todos mis compañeros riéndose y pasándoselo bien. Vaya nochecita. Cuando perdimos al grupo que guiaba Salvador, me resigné otra vez a estar sin Marina.
Creo que no le intereso para nada. ¿O no habría intentado ella quedarse conmigo de alguna manera?
Estoy enganchadísimo al último disco de Graham Coxon, Love travels at illegal speeds. Espero que algún día le quiten al amor todos los puntos del carné, si es que alguna vez lo tuvo, y no pueda circular más.
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saludos!
:)