
Tanto tiempo sin abrir el ordenador, que se me han anquilosado los dedos, pero supongo que para eso son las vacaciones, para anquilosarse: anquilosar los dedos, anquilosar el cerebro.
Una de mis intenciones cuando llegué al campo era adelgazar, pero decidí pasar a uno más realista como no engordar, cuando me sedujo la comida abundante y bien aliñada que me dan cada día. Con lo que como, tendría que caminar a paso rápido unos doce kilómetros diarios para mantenerme, algo que se puede hacer cuando uno está de vacaciones, pero que en la ciudad resultaría imposible.
Todos los días doy un paseo de más de dos horas por el monte o me acerco a alguno de los pueblos de los alrededores que están a unos dos o tres kilómetros. Creo que lo único que no se me está anquilosando son la barriga, las piernas y el culo.
Me gusta pasear solo por el campo: me permite no pensar en nada, que es justamente lo que necesito. Cuando regreso a casa al atardecer, los árboles, los prados, los montes se llenan de un sinfín de matices de verde que convierten mis pensamientos en placenteros lugares donde descansar.
Looking for a home in the heart of the country.
Creo que si tuviera dinero suficiente y una ocupación que me lo permitiera, me quedaría a vivir aquí, si no lo impide mi familia, que ha convertido nuestra casa en un auténtico hotel rural, donde siempre hay alguien que viene a pasar unos días. Mi hermana pequeña ha debido de invitar este año a todos sus amigos y ellos le han tomado la palabra. Hasta ahora, ya hemos recibido tres visitas y como hay que ser sociable y hablar y relacionarse, se me han frustrado un poco los planes, yo que me había retirado en plan monacal. En fin, no me voy a quejar, porque con la excusa de enseñárselos a los visitantes, he vuelto a muchos lugares que casi había olvidado.
Mi lista de propósitos para las vacaciones:
- Leer
- Adelgazar, ya he dicho antes, que no, que ahora me contento con no engordar.
- Continuar escribiendo en mi cuaderno de bitácora, aunque mucho me temo que la molicie ha podido conmigo.
- Dejar de pensar enMar ina.
Me parece que no los estoy cumpliendo todos.
Leer, sí: Middlemarch, de George Elliot, olvidado muchos años en mi mesilla por falta de ánimos o por falta de tiempo, pero me he animado tanto que lo he terminado ya, asombroso, más de novecientas páginas en una semana. Con este tipo de libros, aflora mi lado más femenino, el que disfruta con Jane Austen y las Brontë, ¡ah, los encantos de la vieja Inglaterra! No sé por qué no había leído antes Middlemarch, la desidia, supongo, porque es apasionante: tantas historias de tantas personas, tantos amores, desamores, celos, venganzas, envidias; creo que es el tipo de novela que me gustaría escribir algún día, actualizada, claro. No he parado de tomar notas, porque sentía que algunos personajes y algunos párrafos reflejan mi situación, mis pensamientos y mi estado actuales y me gustaría tomar como referencia algunas cosas que se dicen en la obra.
Ahora me toca encontrar otro libro para continuar devorando. No sé si me decantaré por alguno de los de esta casa, que varían entre la colección completa de Los Cinco y los best séller de los años setenta, pasando por curiosos tratados de máquinas de vapor y cría de peces, que no sé de dónde habrán salido, o una colección completa del Reader’s Digest.
Yo, por si acaso me he traído para releer tres libros de Kurt Wallander: Asesinos sin rostro, Los perros de Riga y La leona blanca. Me gusta la novela de detectives, novela negra o como la llamen. Suecia no parece un lugar propicio para ambientar una novela negra: todo es tan pulcro, tan organizado y tan civilizado; incluso el clima no es precisamente negro, pero es una agradable sorpresa comprobar que no todo es lo que parece a priori.
Cada verano, cuando decido desatascarme un poco y ando perdido porque no sé qué leer, releo las obras completas de Dashiell Hammett, dos volúmenes que tardo una semana en devorar. No hay otro escritor como Hammett, qué concisión en sus descripciones, qué exactitud en la acción, qué falta de discurso moralizante y didáctico y sin embargo cuántas cosas dice. No creo que haya cuentos como los de Hammett ni novelas mejores que las suyas. Yo, de mayor, quisiera escribir con la exactitud, la concreción y la concisión de Hammett.
Pero ahora me he aficionado a Henning Mankell. Me gusta Wallander: es depresivo y está amargado y triste. No está contento con su trabajo, su mujer le ha dejado, su hija no le quiere y su padre no le comprende. Parece un outsider en lugar de un agente de la ley; un hombre que se encuentra con unos asesinatos para los que no está preparado: él es de otra época y se siente envejecer. Querría dejar de ser policía, pero tampoco sabría a qué dedicarse. Es un perdedor, me gustan los perdedores.
No he dejado de pensar enMar ina. La otra noche me desperté empapado y empalmado: había estado soñando que follaba con ella apasionadamente y me quedó un malestar que me duró todo el día. Antes de irme de vacaciones, la telefoneé para despedirme, pero creo que quedé como un auténtico idiota, porque, después de colgar, volví a llamar para decirle que apuntara mi número de teléfono móvil, si no lo tenía. Me dijo que sí, que ya lo tenía de un día que la llamé al trabajo, pero aún así me dijo que lo guardaba en la agenda de su móvil particular (no en la del trabajo). Y para rematar, le dije balbuceando y tartamudeando que le ofrecía mi casa, por si quería venir a visitarme al campo. Cuando colgué, estaba completamente abochornado. ¿Por qué había hecho eso? ¡Como que va a querer venir a visitarme!
Una de mis intenciones cuando llegué al campo era adelgazar, pero decidí pasar a uno más realista como no engordar, cuando me sedujo la comida abundante y bien aliñada que me dan cada día. Con lo que como, tendría que caminar a paso rápido unos doce kilómetros diarios para mantenerme, algo que se puede hacer cuando uno está de vacaciones, pero que en la ciudad resultaría imposible.
Todos los días doy un paseo de más de dos horas por el monte o me acerco a alguno de los pueblos de los alrededores que están a unos dos o tres kilómetros. Creo que lo único que no se me está anquilosando son la barriga, las piernas y el culo.
Me gusta pasear solo por el campo: me permite no pensar en nada, que es justamente lo que necesito. Cuando regreso a casa al atardecer, los árboles, los prados, los montes se llenan de un sinfín de matices de verde que convierten mis pensamientos en placenteros lugares donde descansar.
Looking for a home in the heart of the country.
Creo que si tuviera dinero suficiente y una ocupación que me lo permitiera, me quedaría a vivir aquí, si no lo impide mi familia, que ha convertido nuestra casa en un auténtico hotel rural, donde siempre hay alguien que viene a pasar unos días. Mi hermana pequeña ha debido de invitar este año a todos sus amigos y ellos le han tomado la palabra. Hasta ahora, ya hemos recibido tres visitas y como hay que ser sociable y hablar y relacionarse, se me han frustrado un poco los planes, yo que me había retirado en plan monacal. En fin, no me voy a quejar, porque con la excusa de enseñárselos a los visitantes, he vuelto a muchos lugares que casi había olvidado.
Mi lista de propósitos para las vacaciones:
- Leer
- Adelgazar, ya he dicho antes, que no, que ahora me contento con no engordar.
- Continuar escribiendo en mi cuaderno de bitácora, aunque mucho me temo que la molicie ha podido conmigo.
- Dejar de pensar en
Me parece que no los estoy cumpliendo todos.
Leer, sí: Middlemarch, de George Elliot, olvidado muchos años en mi mesilla por falta de ánimos o por falta de tiempo, pero me he animado tanto que lo he terminado ya, asombroso, más de novecientas páginas en una semana. Con este tipo de libros, aflora mi lado más femenino, el que disfruta con Jane Austen y las Brontë, ¡ah, los encantos de la vieja Inglaterra! No sé por qué no había leído antes Middlemarch, la desidia, supongo, porque es apasionante: tantas historias de tantas personas, tantos amores, desamores, celos, venganzas, envidias; creo que es el tipo de novela que me gustaría escribir algún día, actualizada, claro. No he parado de tomar notas, porque sentía que algunos personajes y algunos párrafos reflejan mi situación, mis pensamientos y mi estado actuales y me gustaría tomar como referencia algunas cosas que se dicen en la obra.
Ahora me toca encontrar otro libro para continuar devorando. No sé si me decantaré por alguno de los de esta casa, que varían entre la colección completa de Los Cinco y los best séller de los años setenta, pasando por curiosos tratados de máquinas de vapor y cría de peces, que no sé de dónde habrán salido, o una colección completa del Reader’s Digest.
Yo, por si acaso me he traído para releer tres libros de Kurt Wallander: Asesinos sin rostro, Los perros de Riga y La leona blanca. Me gusta la novela de detectives, novela negra o como la llamen. Suecia no parece un lugar propicio para ambientar una novela negra: todo es tan pulcro, tan organizado y tan civilizado; incluso el clima no es precisamente negro, pero es una agradable sorpresa comprobar que no todo es lo que parece a priori.
Cada verano, cuando decido desatascarme un poco y ando perdido porque no sé qué leer, releo las obras completas de Dashiell Hammett, dos volúmenes que tardo una semana en devorar. No hay otro escritor como Hammett, qué concisión en sus descripciones, qué exactitud en la acción, qué falta de discurso moralizante y didáctico y sin embargo cuántas cosas dice. No creo que haya cuentos como los de Hammett ni novelas mejores que las suyas. Yo, de mayor, quisiera escribir con la exactitud, la concreción y la concisión de Hammett.
Pero ahora me he aficionado a Henning Mankell. Me gusta Wallander: es depresivo y está amargado y triste. No está contento con su trabajo, su mujer le ha dejado, su hija no le quiere y su padre no le comprende. Parece un outsider en lugar de un agente de la ley; un hombre que se encuentra con unos asesinatos para los que no está preparado: él es de otra época y se siente envejecer. Querría dejar de ser policía, pero tampoco sabría a qué dedicarse. Es un perdedor, me gustan los perdedores.
No he dejado de pensar en
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