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NO VALUES

Un compañero comenta el último programa del loco de la colina y otro, argentino, nos dice que le hace gracia lo del nombre, que ellos allí también tienen otro periodista que se hace llamar así y se asombra de la coincidencia. “Claro, como la canción de los Beatles”, digo, y todos me miran asombrados. Casi cuarenta años más tarde y los Beatles ya no son parte del acervo cultural de la gente. ¿Cómo pretender que se recuerde un hecho histórico o a un escritor de renombre si no somos capaces ni de saber que dos periodistas de países diferentes se han basado en los Beatles para buscarse un alias? “A veces me siento como el loco de la colina”, dicen que dijo Jesús Quintero un día en su programa radiofónico mientras sonaba la canción.

Yo empiezo a sentirme como un ser de otra época. Hay veces en que hablo de cosas que nadie parece recordar y todos me miran como si acabara de dar una lección magistral sobre algo que me estoy inventando. La romanización; la invención de la dinamita por Nobel y su decisión de crear los famosos premios para paliar el mal que causaría su invento; la palabra “burgués” viene de “burgos”, que quería decir ciudad; después de los Pegamoides, Alaska cantó con Dinarama. Ya me hacen dudar: lo mismo es que no fue Nobel el del invento, pero lo estudié, lo recuerdo, ¿nadie más lo recuerda? El abuelo Cebolleta a mi lado no era un "freak". 

Ahora comprendo que mis compañeros de COU me llamasen “libro”. A lo mejor quienes me leen ni siquiera entienden lo del “COU”, porque ha dejado de existir hace años, creo que ahora es segundo de bachillerato. Empiezo a pensar que ya no es tan irreal un futuro como el de La Décima Víctima, en la que “los clásicos” eran la colección de cómics de uno de los personajes. Y aquí estoy delante de mi magnífico auditorio: la máquina del café de la oficina en la que trabajo y mis compañeros, que ven comedias de situación y "reality shows" y mucho fútbol y ahora alaban las hazañas de Alonso o de Nadal.

Yo lo único que veo en estos momentos es “House” en uno de los canales digitales. Para mi desgracia, también la ve Manoli, una señora de más de cuarenta años que, o tiene anorexia, o se mete los dedos para vomitar, porque es de una delgadez enferma y parece mayor por su gesto adusto, el ceño siempre fruncido y el moreno pertinaz y envejecedor y que, para colmo, se empeña en ir vestida como una adolescente.


Siguen nuestra conversación sobre la serie unos jóvenes de treinta años escasos que han entrado a trabajar hace poco, pero que aún no han terminado sus carreras superiores. Lo menos que se les podía exigir es que trajeran las carreras terminadas, como hicimos todos. “Y con la mili hecha”, bromea uno de los más antiguos. Estos chicos de ahora no han tenido ni que hacer la mili. En mis tiempos había incluso objetores. Y los metían en la cárcel.

Manoli se restriega con los treintañeros y mueve mucho el pelo, ¡guash, guash!, delante de sus caras, mientras me habla, pero ninguno de sus comentarios es interesante, ni inteligente ni mínimamente inteligible y no me apetece seguirle el rollo. Supongo que a los demás no les importa. Como a todos los hombres, al final nos parece que Manoli está buena y no nos fijamos en su capacidad intelectual, sino en que es rubia y en el culo. Me quedo rezagado junto a la máquina, a ver si se van todos y estoy un rato a solas con Marina y le puedo preguntar alguna obviedad. Me dice que se va de vacaciones la semana que viene.

Me haría objetor para no ir a trabajar.

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