A veces, cuando me pongo a escribir, me siento así, como que estoy regresando a algún sitio del que me alejé hace tiempo, aún no he llegado a comprender por qué, y al que tenía muchas ganas de volver, pero no sabía muy bien cómo.
Un amigo me ha hablado de los blogs o cuadernos de bitácora (él dice que si existe una palabra en castellano, hay que utilizarla). Realmente me gusta la expresión cuaderno de bitácora, echarse a la mar, con lo poco que me gustan a mí los viajes por barco. Ahora me siento el pasajero que va a emprender un viaje por mar: con miedo a lo desconocido, que logro vencer por mi curiosidad innata que siempre puede más que todos mis miedos, y la certeza de que me voy a marear al primer golpe de mar que se levante. Luego, me juro y me perjuro que jamás volveré a emprender otra singladura, pero se me olvida y lo vuelvo a intentar.
Lo gracioso es que no sé muy bien lo que me ha animado, a mí, que utilizo los ordenadores lo estrictamente necesario; no sé cómo me he conectado a la red, con lo aburrido que me resulta navegar por ella; tampoco logro entender cómo he descargado unos archivos que se necesitaban para crear el blog, con lo aprensivo que soy para los virus y el pánico que tengo a que se me estropee el ordenador, que me costó tan caro. Quizá me atrae el anonimato de ver publicadas unas palabras que nadie sabrá que son mías.
Porque lo que no tengo nada claro es qué fin va a tener el blog: expresar mis opiniones o dar a conocer mis escritos. Tampoco si voy a escribir cada día o esporádicamente. Ni si quiero que me conteste alguien o hacer una página de contacto de personas afines a mí. Ya veré. Me parece que por el momento, es suficiente con haber regresado.
Un amigo me ha hablado de los blogs o cuadernos de bitácora (él dice que si existe una palabra en castellano, hay que utilizarla). Realmente me gusta la expresión cuaderno de bitácora, echarse a la mar, con lo poco que me gustan a mí los viajes por barco. Ahora me siento el pasajero que va a emprender un viaje por mar: con miedo a lo desconocido, que logro vencer por mi curiosidad innata que siempre puede más que todos mis miedos, y la certeza de que me voy a marear al primer golpe de mar que se levante. Luego, me juro y me perjuro que jamás volveré a emprender otra singladura, pero se me olvida y lo vuelvo a intentar.
Lo gracioso es que no sé muy bien lo que me ha animado, a mí, que utilizo los ordenadores lo estrictamente necesario; no sé cómo me he conectado a la red, con lo aburrido que me resulta navegar por ella; tampoco logro entender cómo he descargado unos archivos que se necesitaban para crear el blog, con lo aprensivo que soy para los virus y el pánico que tengo a que se me estropee el ordenador, que me costó tan caro. Quizá me atrae el anonimato de ver publicadas unas palabras que nadie sabrá que son mías.
Porque lo que no tengo nada claro es qué fin va a tener el blog: expresar mis opiniones o dar a conocer mis escritos. Tampoco si voy a escribir cada día o esporádicamente. Ni si quiero que me conteste alguien o hacer una página de contacto de personas afines a mí. Ya veré. Me parece que por el momento, es suficiente con haber regresado.
Comentarios
»